Mayores digitales

Mi octogenaria madre es usuaria de Facebook desde hace siete años y medio. Le abrí una cuenta y le di una clase práctica al verla animada a ‘modernizarse’ en vista de que la mitad del pueblo estaba en esa red social donde había oído que se intercambiaba mucha información que ella se estaba perdiendo.

El miedo a lo nuevo y desconocido le hizo mantener al principio un perfil bajo. Solo entraba para ver lo que otros publicaban. Pronto las peticiones de amistad empezaron a abrumarla. Pero, una vez aleccionada sobre lo que significaba aceptar a alguien como amigo, empezó a manejarse con soltura en esta red. Poco a poco fue atreviéndose a dar a ‘me gusta’, dejar comentarios, felicitar cumpleaños, subir fotos e incluso compartir alguna publicación sin mayores sobresaltos, salvo una vez que su escasa o nula afición al cine para adultos le hizo creerse un post de coña en el que le atribuían talento científico y un doctorado en Harvard al actor porno el ‘niño polla’. La sangre no llegó al río y su reputación quedó intacta porque alguien de su círculo, con más mundo, la alertó del escandalazo y eliminó la publicación espantada.

También se maneja bastante bien con el Whatsapp y sus emojis. Pertenece a numerosos grupos, algunos demasiado activos, tanto que ha aprendido a silenciarlos. Durante el confinamiento se aficionó a las videollamadas y, aunque al principio nos obsequiaba con planos detalle de su oreja o su nariz, enseguida le vimos la cara completa y ahora no tiene nada que envidiarle a cualquier instagramer o tiktoker. También le ha cogido el gusto a contestar mensajes con notas de voz, así que cuando vas con prisa activas el x1.5. ¡Bendito botón de velocidad de reproducción!

Además del móvil, le regalamos una tablet. De este modo, con una pantalla de mayores dimensiones, le resulta más cómodo conectarse a internet para enterarse de las noticias, ver películas, leer libros, jugar al Candy Crush, consultar si le han ingresado la pensión o pedir cita a través de la aplicación de su tarjeta sanitaria. No penséis que todo es idílico. También pierde la paciencia en alguna ocasión cuando el dispositivo no responde a sus expectativas. Entonces nos lanza un SOS. Yo diría que más o menos ha asimilado conceptos como los datos, la wifi, los megas o los gigas, aunque de vez en cuando pregunte que cuántas ‘gemas’ le quedan. Si mi padre levantara la cabeza no creería cuánto ha avanzado el mundo y cómo se ha adaptado su viuda a todas esas modernidades.

Mayor con una tablet

Os cuento esto al hilo de una petición de firmas iniciada en Change.org hace unas semanas por Carlos San Juan, un hombre de 78 años que se siente apartado por los bancos y reclama atención humana en estas entidades a las que acusa de haberse olvidado de las personas mayores. Lamenta que no paran de cerrar oficinas, hay menos personal, horarios más ajustados y que muchas gestiones solo se pueden hacer en el cajero, por internet o mediante tecnologías que los mayores no saben manejar.

Los miles de firmas obtenidas y la repercusión social de su queja han llegado a oídos del Gobierno que ha dado un mes de plazo a las patronales del sector para que revisen su protocolo con el fin de garantizar la inclusión financiera de los mayores y asegurar su acceso de los servicios financieros.

Que la banca ya no es la que era resulta evidente. Y los damnificados somos todos, no solo los mayores. Quién no ha estado en una cola para hacer una gestión en la caja de un banco y llegadas las 10 o la 11, dependiendo de la entidad, el empleado ha dejado de atender sin importarle los clientes pendientes ni el tiempo que llevaban esperando. Yo misma, sin ir más lejos, sufrí algo parecido hace unos meses cuando necesitaba pagar unas tasas, un trámite que solo se puede realizar de manera presencial en ventanilla. De modo que cualquier mejora que se pueda hacer en ese campo repercutirá en todos.

Sin embargo, no creo que la frustración de los mayores se solucione ampliando el tiempo y los empleados de banca que les ayuden a hacer las gestiones y les eviten aproximarse a las nuevas tecnologías. Al contrario, lo más operativo en mi opinión sería demostrarles a los mayores todo lo bueno que pueden encontrar en la red. Es decir, adiestrarles en su uso, ayudarles a descubrir sus ventajas y enseñarles cómo sacarles partido.

Imagino que cuando aparecieron las primeras lavadoras despertarían en nuestras abuelas los clásicos recelos, acostumbradas como estaban a lavar a mano. Pero no renunciaron a ese magnífico avance que les hacía la vida más fácil. Ni a todos los inventos que fueron surgiendo a lo largo de los años.

Si por el hecho de ser mayores presumimos que estas personas no van a estar interesadas en progresar o disfrutar como el resto de ciudadanos de las oportunidades que nos brinda la tecnología, entonces sí estaremos dejándolas atrás, dándolas de lado. En una sociedad en permanente transformación, los mayores también tienen que ser capaces de digitalizarse. Con naturalidad, como un juego, sin presiones. Internet forma parte de la época que les ha tocado vivir, aunque ya les pille en retirada. Y si se sienten superados por innovaciones que parece que solo asimilan sin trauma los nativos digitales, además de instruirles a su ritmo, quizá también la tecnología debería trabajar en ser todavía más intuitiva.

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