El sistema no perdona los errores

Como dicen que de los errores se aprende, hoy voy a contaros la historia de un error que veremos si se traduce en aprendizaje.

Cuando solicitas plaza para estudiar una carrera universitaria en el llamado Distrito Único y Abierto de Madrid hay que confeccionar una lista con tus preferencias independientemente de a qué universidad pertenezca la facultad en la que te gustaría estudiar. Se supone que debes aspirar a entrar en grados con una nota de corte inferior a la nota obtenida en la Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad (EBAU). Pero como la esperanza es lo último que se pierde, pones el grado de tus sueños como primera opción, aunque sea Biotecnología en la Universidad Politécnica de Madrid, con solo 88 plazas y una nota de corte de 13,295, mientras que tu calificación de la EBAU es un 12,811. Sí, 0,4 inferior. 

Todo lo haces muy deprisa, porque el adulto responsable en este salto del Bachillerato a la Universidad es tu profesora de la materia en la que has encontrado tu camino, la Química. Porque has tenido una epifanía y en el futuro te ves dedicada a la investigación en un laboratorio, por ejemplo, de genética.

Entonces te pones a solicitar la lista de carreras por orden de preferencia pensando que, de esa lista de diez, seguro que te llaman de aquellas para las que te da la nota y puede que, si los aspirantes de las otras son peores que tú, incluso te seleccionen en alguna de las difíciles. Por soñar, que no quede. Así que cometes el error de poner en los tres primeros puestos tres carreras con una nota de corte superior a la tuya y a partir de la cuarta, sin pensar bien el orden, otras que intuyes, sin ahondar en ello, que te asegurarán pasar tiempo en un laboratorio. 

Pero resulta que llega el día en que te tienen que contactar las universidades para decirte que cuentan contigo y te choca que solo te envíen mensaje de una, de la cuarta opción, a pesar de que tienes también nota para entrar en las siguientes. Y de repente te enteras de cómo funciona realmente el sistema. Tan solo te dan admisión a un grado, el primero para el que tengas nota de corte suficiente. Del resto, olvídate. Es decir, el orden de elección era más que importante, pero eso nadie te lo había dicho y tú tampoco te habías detenido a leer bien las instrucciones ni habías investigado lo suficiente sobre cada una de las opciones. Estabas a otras cosas, por ejemplo, a repetir la EBAU para sacar aún mejor nota por recomendación de tu profesora, aunque supusiera arañar solo unas décimas y tener menos vacaciones que tus amigos. 

Entonces se te cae el mundo encima porque el grado en el que has sido admitida es Ingeniería Química, que no sabes ni por qué lo pusiste en cuarto lugar. Podías haber seleccionado por encima Bioquímica Farmacia, que tenían más que ver con tus intereses. Pero no. Todo lo hiciste demasiado rápido y mal. La has cagado y el sistema no perdona los errores. Te lo dicen bien claro cuando contactas con la Universidad: “El orden de preferencia es para la adjudicación de plazas, en este momento no se puede hacer ningún cambio de opción”. Como solución, te ofrecen matricularte en ese Grado que no quieres y tratar de superar un número de créditos mínimo para solicitar luego un traslado de expediente. Sin embargo, ahora sí, has consultado a fondo en qué consiste esa carrera y te das cuenta de que casi no tiene asignaturas en común con la que tú deseas y que para conseguir créditos que te permitan ese traslado las va a pasar canutas, por no decir putas. 

Así que ves que ya solo quedan tres opciones: estudiar algo que no quieres, rechazarlo y jugártela apuntándote a las listas de espera de las dos únicas titulaciones que te permite el sistema o peregrinar por las universidades privadas donde con suerte a estas alturas encuentres una plaza que vacíe la hucha familiar.

En esta tesitura se encuentra mi hija y en parte me siento responsable. Ahora empiezo a darme cuenta de las consecuencias de haber sido una madre helicóptero o cualquiera de las otras versiones de hipermadre que manejan los expertos. Sí, lo asumo, a lo mejor durante la crianza me he pasado de sobreprotectora. Quizá he tendido a facilitarles demasiado las cosas, allanarles el camino, ayudarles a salvar obstáculos… Puede que, de tanto quererles, haya terminado haciéndoles daño. Porque el resultado es que les he convertido en personas más dependientes que autónomas, inseguras y con baja tolerancia a la frustración. 

Cuando alcanzó los 18 años, entendí que había llegado el momento de soltar un poco las amarras. Es decir, mi función pasaría a ser la de acompañamiento, no la de tutoría. Esperaba que ella fuera espabilando poco a poco, que tuviera iniciativas relacionadas con la mayoría de edad más allá de comprar alcohol en el Mercadona, pedir un tinto de verano en un bar o irse de viaje con los amigos. 

Confiaba en que investigara sobre las posibilidades que se le ofrecían en el plano universitario. Que revisara todas las opciones que tenía. Que pensara en planes B, C o D para afrontar un más que probable fracaso a la hora de conseguir plaza en el muy demandado Grado que deseaba cursar. Que brujuleara alternativas y que incluso curioseara en la oferta de universidades privadas por si, en último extremo, su corazón le decía que la Biotecnología era su camino y tenía que tomarlo, costara lo que costara. 

Daba por hecho que así sería, de modo que me mantuve al margen del proceso. Supuse que tenía toda atado y bien atado. Que había leído bien las instrucciones. Que sabía perfectamente los pasos que debía seguir y cómo operar en este trance tan fundamental para la vida de cualquiera, ese momento en el que uno elige su futuro. 

Pero resulta que no. Y un error de principiante despistada puede traducirse en que una alumna, a mi entender brillante, concienzuda y trabajadora, que se ha pegado un curso de estudio salvaje, que se ha sometido no a una, sino a dos EBAU decidida a mejorar todavía más, pueda quedarse sin nada que estudiar el próximo curso mientras se flagela por su estupidez. 

Quizá el tono de este post me ha quedado demasiado melodramático. No sabemos cómo acabará este episodio. En todo caso, no pasa nada por retrasar un año la entrada en la Universidad. Hay un montón de alumnos que se toman un año sabático al terminar Bachillerato y viajan por el mundo o se apuntan a voluntariado. También los hay que comienzan los estudios con los que habían soñado y luego descubren que cualquier parecido con sus sueños eran pura coincidencia. Hay miles que anulan matrícula antes del segundo semestre. No es poco frecuente tampoco encontrar profesionales dedicados a una actividad que nada tiene que ver con sus estudios. Da tantas vueltas la vida y son tantas las variables que escapan de nuestra voluntad, que no tiene sentido convertir esto en un drama. Sí, lo sé, pero no puedo evitar que me dé mucha rabia que todo el esfuerzo no haya merecido la pena y, sobre todo, que el sistema no te permita corregir un error.

Voy más allá, porque el caso de mi hija no es único. Lo más lamentable es que animemos a los jóvenes a ir a la universidad para luego cercenar vocaciones y generar frustración en el amplio porcentaje de aquellos que nunca conseguirá plaza en lo que desearía estudiar.

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