Carnaza

No voy a alimentar más el debate sobre algo que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, no dijo porque no tiene sentido y no merece la pena. Las polémicas artificiales construidas sobre ‘carnaza’ que unos dicen que alguien dijo pero que en realidad no dijo son de primero de propaganda política y ofenden al sentido común del ciudadano que quiere escuchar, sabe leer y entre las virtudes que le adornan puede presumir de comprensión lectora.

https://twitter.com/agarzon/status/1478483509987708930?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E1478483509987708930%7Ctwgr%5E%7Ctwcon%5Es1_&ref_url=http%3A%2F%2Fyonosoyunainfluencer.blogspot.com%2F

Dicho esto, prefiero plantearos una cuestión a los que os gusta la carne y la consumís habitualmente. Si pudierais elegir entre estas dos opciones, decidme qué preferiríais comer:

1.-Carne de un animal que ha pasado sus últimos años de vida correteando libremente por una granja o una explotación de ganadería extensiva, alimentándose con pasto y productos naturales y supervisado con mimo en su crianza. 

2.-Carne de un animal que ha estado hacinado en una macrogranja, sin casi poder moverse, con otros cientos de su especie, engordado a la fuerza y a gran velocidad mediante piensos baratos procedentes terceros países para su rápida ‘puesta a punto’ y sin casi contacto con ningún humano, dado que la instalación está totalmente tecnologizada. 

Yo particularmente elegiría siempre la primera carne, aunque quizá mis ahorros me bajarían de la nube de una bofetada y me harían elegir la carne que puedo pagar, la segunda, que resulta más barata porque el producto final llega al lineal del supermercado más rápido y con menos coste para el dueño del negocio. Quienes han cargado contra el ministro dicen que la calidad del producto es la misma. Permitidme que lo dude. Si así fuera no habría diferencia de precio. 

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la ternera procedente de ganadería extensiva es un 30% más cara y el pollo casi un 70%. La pena es que solo adivinemos el tipo de carne que comemos cuando miramos el precio, porque la ley no obliga a incluir en el etiquetado de qué tipo de granja procede lo que nos comemos. Lo más que llegamos a saber es si es pollo de corral. Ahí es donde vendría bien que se centrara el señor ministro. 

Desengañémonos. Para cubrir las necesidades nutricionales de carne de toda la población no bastan las explotaciones del primer modelo. Lo ideal sería contar solo con ganadería extensiva, sí, pero no produce lo suficiente. Solo un 5% de la carne que consumimos viene de esas granjas de vacas, corderos, cerdos o pollos felices. Así que, salvo que de aquí a corto plazo proliferen las impresoras 3D que fabriquen a lo bestia proteína lo más parecida posible a lo que sería un chuletón, tenemos que permitir el modelo intensivo, pero bien regulado y ejecutado, nada que ver con el industrial que practican esa especie de factorías de carne que conocemos coloquialmente como macrogranjas, aunque sea un término que no aparece recogido en ninguna ley. Ahí también podía poner el ojo el ministro Garzón, en trabajar en una legislación y unos controles que evitaran las malas prácticas en ese tipo de explotaciones ganaderas. 

Os planteo una última cuestión a los carnívoros que defendéis el modelo de las macrogranjas, si es que hay alguno entre quienes lean esto. ¿Os gustaría que os instalaran una de esas explotaciones de 4.000 cerdos al lado de casa con todo su impacto ambiental? Imaginad convivir con sus olores, con la contaminación de los acuíferos por los purines y las emisiones a la atmósfera de amoníaco procedente de esta mezcla de orines y excrementos de tantos animales juntos. 

Algunos pueblos de la España rural y vacía han permitido el asentamiento de estas explotaciones en sus términos municipales con la esperanza de obtener buenos ingresos y revitalizar la economía de la zona. Pero al final la realidad se impone y el ayuntamiento termina pagando el arreglo de los caminos destrozados por el continuo paso de camiones, los trabajadores del pueblo siguen desempleados porque esas factorías apenas necesitan mano de obra y el fuerte hedor termina atrayendo a más moscas que turistas. Eso sí, lo que no les falta a los residentes es carne de cerdo estresado. 

Lo más delirante es que antes de esta ya cansina polémica todos los partidos rechazaban las macrogranjas, igual que el ministro. El propio PP se ha opuesto a este modelo de ganadería industrial en una treintena de municipios españoles. Y Castilla-La Mancha, una comunidad autónoma gobernada por el PSOE, con un presidente que también se lanzó al lodazal contra Garzón, acaba de aprobar una moratoria para no instalar macrogranjas hasta 2025. Los propios dueños de explotaciones de ganadería extensiva, el modelo ideal para el ministro y para el resto del arco parlamentario, son los más perjudicados por la ganadería industrial y los primeros en remarcar que es insostenible, pero se han visto arrastrados a este debate ficticio y, ya que les han puesto en el foco, quieren aprovechar para conseguir cariño y ayudas tras años de pasarlas canutas.  

Entonces, si todos estamos de acuerdo, ¿dónde está la polémica? A ver si va a ser porque hay unas elecciones autonómicas en Castilla y León el 13 de febrero.

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