Trapos sucios

Felicia Somnez fue suspendida de empleo, y posteriormente restituida en su puesto, en el periódico Washington Post por recordar en Twitter, al poco de morir Kobe Bryant, que el deportista se había visto envuelto en un caso de agresión sexual en el pasado. En realidad la periodista se limitó a escribir un tuit en su cuenta personal en el que figuraba un enlace a una noticia publicada en otro medio y por otro periodista en 2016 donde se informaba sobre el caso. La historia se remonta más atrás aún, allá por 2003, cuando la empleada de un hotel de Colorado le denunció por violación y fue arrestado. El jugador nunca tuvo que enfrentarse a un tribunal porque dos años después ambas partes llegaron a un acuerdo extrajudicial, ella aceptó dos millones y medio de dólares y los cargos fueron retirados. Bryant alegó en su descargo que pensaba que la relación íntima había sido consentida, aunque podía llegar a entender que ella lo interpretara de otra manera.

Imagen de tookapic en Pixabay 

La noticia del mortal accidente de helicóptero del ídolo del baloncesto y su hija, junto con otras siete personas, provocó la conmoción general y despertó múltiples muestras de dolor y afecto. La mayoría de los obituarios coincidían en destacar sus logros deportivos, así que el hecho de que una periodista de un diario tan prestigioso decidiera poner la nota discordante, aunque de manera tan sutil, revolvió las tripas de muchos.

Sin justificar la reacción del periódico, que además obligó a su empleada a borrar sus tuits, ni por supuesto el intolerable bombardeo al que fue sometida por numerosos haters a través de la red, amenazas machistas incluidas, creo que Felicia fue muy inoportuna. Han pasado más de 16 años de aquel episodio, el caso nunca llegó a juicio, la víctima aún debe conservar parte de la jugosa indemnización, Kobe ya pidió disculpas en su momento, nunca volvió a protagonizar ningún escándalo de este tipo, al contrario, se caracterizó por ser un ejemplo como deportista y ser humano… Digamos que quizá no merecía que ese borrón en su expediente vital manchara la semblanza colectiva que de él se ha escrito desde que se conoció el fallecimiento. Sobre todo porque era un tema zanjado del que ya nadie hablaba y sacarlo a colación en ese luctuoso momento se me antoja impertinente y oportunista. No digo que haya que silenciar en su biografía un asunto sobre el que ya corrieron ríos de tinta, como han hecho, por cierto, muchos medios deportivos, pero tampoco despedirle en las redes destacándolo como su hito existencial por encima de todo lo demás.

Todos tenemos dos caras, la de la persona que somos y la de la persona que queremos que vean los demás. Todos somos humanos, imperfectos y cargamos con algún trapo sucio. Quien más y quien menos se arrepiente de ciertos pasajes de su pasado, desea que no trasciendan y trata de olvidarlos para poder pasar página. Pienso en quienes salen de la cárcel una vez cumplida su pena y siguen estando señalados por su delito. Pero pienso también, a pequeña escala, en los que fueron una vez pillados en un renuncio que condiciona el resto de su trayectoria vital. ¿Debe perseguirle a una persona durante toda su vida el error cometido en su juventud, en un momento de debilidad o de enajenación mental transitoria? ¿Debe seguir alguien pagando hasta que se muera por un episodio por el que ya tuvo que dar la cara, del que no se siente orgulloso y que no puede borrar de su pasado?

Siempre he pensado que morirse es una faena tremenda. Así que cuando se muere alguien, lo siento por él y por quienes le van a echar de menos. Me cuesta hablar mal de los finados, máxime si sus cuerpos están aún calientes. Me pasa incluso si el fallecido era el ser más abominable. En estos casos, lo que nunca hago, por elegancia, educación, cortesía, respeto o simple caridad cristiana, es alegrarme públicamente del óbito, ni descorchar botellas de champán para celebrarlo, ni rememorar sus vilezas para justificar qué merecido se lo tenía, ni siquiera utilizar la manida frase de “Tanta paz lleve como descanso deja”. Soy de las que piensan que cuando el que se va al otro barrio no despierta tus simpatías basta con quedarte callada. A veces habla más el silencio.

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