Tengamos la ‘no-fiesta’ en paz

El Gobierno de Canarias ha lanzado una campaña para concienciar a la población sobre la manera de evitar los brotes de coronavirus. Imagino que habréis visto el anuncio. Si no, aquí os lo dejo.

Como veis, se trata de una tradicional reunión familiar. El abuelo cumple años y toda la familia se junta en casa como si no hubiera pasado una pandemia por nuestra vida. Comparten vasos, se dan abrazos, se besan, soplan velas, no se respeta la distancia interpersonal, no hay una sola mascarilla… Así que la historia del cumpleaños termina con el abuelo abriendo el último de los regalos que le han hecho sus seres queridos: un respirador al que le van a tener que enchufar en un hospital si alguno de los presentes era asintomático y le contagia el coronavirus.

Impactante, duro, realista… son algunos de los adjetivos que se han utilizado para calificar este anuncio. Yo más bien diría que es muy acertado.

La mayor parte de los brotes que se están registrando vienen de reuniones sociales, en particular encuentros con amigos y familiares. Somos tan básicos que damos por hecho que son los desconocidos quienes pueden estar infectados, no nuestros amigos o familiares. Así que bajamos la guardia.

Yo misma entono el mea culpa. Hace unas semanas estuve en una barbacoa familiar. Participábamos solo ocho personas, una de ellas mayor, y estábamos al aire libre, pero nadie llevaba mascarilla, compartimos comida de los mismos platos, estuvimos cantando con un karaoke… En fin. Allí estaban mis propios hijos que, después de un confinamiento estricto en el que no echaron de menos la calle, ahora no entran en casa. ¿Qué hago? ¿Les encierro? Me temo que eso es inviable. El único recurso que me queda es repetirles las recomendaciones y los riesgos que corremos todos si no las siguen. Pero sé positivamente que bajan la guardia cuando están por ahí con sus amigos. Se abrazan, se besan, chocan las manos y lucen poco la mascarilla. Quién me dice a mí que no van a traerme a casa el coronavirus o llevárselo a sus abuelas cuando vamos a visitarlas.

No creo que el principal peligro esté en el ocio nocturno regulado, es decir, en locales de copas y discotecas. Los empresarios de estos establecimientos pueden responsabilizarse de que se mantenga el aforo establecido, que la gente lleve mascarilla, que no baile, que no se mezclen grupos, pero en el momento que sus clientes traspasan la puerta y hacen su santa voluntad, ya no se puede echar la culpa al ocio nocturno. Yo apuntaría más a las reuniones sociales y a quienes relajan las medidas de seguridad cuando están con su círculo próximo, esos que confían más en el pariente o el colega que en su compañero de asiento en el metro. Y no hablo ya solo de los adolescentes que, por mucha pedagogía que hagas, van a seguir sintiéndose invulnerables y haciendo su vida de vacaciones como antes de la covid. Miro más a los adultos que, a pesar de que se les presupone más sentido común, no renuncian a unos tintos de verano con la cuadrilla bien apretaditos.

Lo peor es que se acercan las ‘no-fiestas populares’, recambio de las fiestas suprimidas por los ayuntamientos para evitar los rebrotes. Espero que los gobiernos locales y sus policías lo tengan previsto. Sospecho que en más de un lugar, tanto imberbes como talluditos van a encontrar una excusa para organizar con sus peñas encuentros ‘gastronómicos’ para honrar al santo patrón. Porque un verano sin fiesta patronal y litros de alcohol no es un verano.

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