Sociedad adolescente

¿No os pasa que cuando no podéis hacer algo, más os apetece? Y luego, cuando ya no hay cortapisas que valgan, lo que no tenéis son ganas. O fuerzas. O valor. O interés. O ya es demasiado tarde. 

Hablo del asombroso poder de la prohibición. Prueba a prohibir algo y ya verás cómo seguramente alguien que antes no había reparado en ello sentirá el irrefrenable deseo de probar lo prohibido. Las drogas, sin entrar a fondo en el debate, podrían servir como ejemplo. Aunque el más gráfico lo encontramos en el alcohol y el tabaco, sustancias cuyo consumo está vetado a menores de edad y que, en la práctica, terminan convirtiéndose en el muro que aspira a saltar cualquier chaval que tiene prisa por llegar a la edad adulta. 

Pienso también en la etapa de represión que vivió este país hace décadas, cuando las escenas eróticas en las películas eran censuradas y resultaba imposible ver un pecho, un pene o un culo en la gran pantalla. Ese batallón de guardianes de la moral propició que surgiera una generación de, por un lado, seres disfuncionales que se ponían como motos solo con contemplar un cuello o un tobillo femenino y, por otro, revoltosos que desafiaban al rancio sistema cruzando los Pirineos para refugiarse en algún cine de Perpiñán donde se proyectaba ‘porno de entonces’ sin cortes en los momentos más inoportunos. 

A veces ni siquiera es necesaria la prohibición. Basta con que algo no sea recomendable para asistir en primera fila a un combate de full contact entre tus bajos instintos y tu fuerza de voluntad. Pensad, por ejemplo, en aquellas personas condenadas a una vida monacal por culpa del resultado de una analítica. Su médico de cabecera les advierte de los peligros que entrañan los hábitos poco saludables para sus niveles de colesterol pero, a pesar de la advertencia o precisamente por ella, salen de la consulta deseando atiborrarse a grasa. 

Recomendar o prohibir

Observo que, por lo general, el individuo como parte de una colectividad necesita que le tutelen. Solo funciona con prohibiciones y obligaciones. Si no existieran un código de circulación, unos límites de velocidad, señales que indican cómo proceder y la amenaza de multas sobrevolando, pocos conducirían de manera responsable pensando en proteger su vida y la de los demás. 

Si este fin de semana largo no hubiera un cierre perimetral en la Comunidad de Madrid y otros territorios autonómicos así como restricciones relacionadas con el aforo, los horarios o la mascarilla, la gente seguiría comportándose como si estuviéramos en 2018, a pesar de las cifras que nos está dejando esta segunda ola de la pandemia. De hecho muchos ya lo hacen

Imagen de Wokandapix en Pixabay

Este domingo finaliza La Vuelta en Madrid y el Ayuntamiento de la capital ha recomendado a los vecinos que no acudan a recibir a los ciclistas para evitar aglomeraciones. Apuesto a que, a pesar de ello, el pelotón se encontrará arropado por aquellos que no renuncian a su libertad personal. Somos una sociedad adolescente que no entiende lo de la ‘responsabilidad individual’. De modo que las recomendaciones no sirven de nada. Para que la gente no haga algo hay que prohibírselo, como cuando un padre le dice no a su hijo, aún a riesgo de que se enfade, proteste y te monte una noche de disturbios

Ganas reprimidas

Confieso que desde que la pandemia se instaló en nuestras vidas yo también estoy experimentando más ese deseo de libertad, pero reprimo las ganas de romper las reglas.  Cosas de la madurez. Cuando nos confinaron en marzo el cuerpo me pedía kilómetros, avanzar, moverme, correr, salir, justo lo que no se podía hacer. Eso fue al principio. Luego, cuando llegó la relajación de restricciones, resultó que ya no me seducía la idea de tirarme a la calle con el resto de vecinos histéricos a los que observaba hipnotizada desde mi terraza. El paso del tiempo había contribuido tanto a mi adaptación a la nueva situación que la vida fuera de mis cuatro paredes me parecía sin sentido y peligrosa. 

Repuesta de esa anomalía pasajera, recobré también las ganas de viajar, pero la situación sanitaria era incompatible con la movilidad. De modo que mi pasaporte sigue caducado y mi ‘Lista de lugares que me gustaría conocer antes de morirme’ se mantiene intacta con los mismos tachones que hace dos años. Porque ahora que el coronavirus ha dejado el sector del turismo tiritando y algunas compañías aéreas ofrecen vuelos a precios de risa, la sola idea de tener que someterme previamente a una PCR, la necesidad de rastrear toda la geografía para saber en qué destinos tendría vetado el acceso por ser española o la obligación de ‘cuarentenarme’ diez o quince días al llegar al lugar elegido me retraen profundamente de viajar. 

Por poner algún otro ejemplo ajeno a la maldita Covid, los que tenéis hijos supongo que recordaréis alguna noche en la que os apetecía mucho algo de intimidad con vuestra pareja, pero no había manera de que vuestras criaturas conciliaran el sueño. Probablemente no os quedó otra que refrescar las expectativas y aplazar los deseos a una mejor ocasión. Quizá al día siguiente los críos cayeron rendidos pronto y entre sacar la libido a pasear o sumar valiosas horas de sueño, no hubo lugar a dudas. 

A veces pienso que la vida viene con errores de desarrollo, como algunas apps. Es como si no hubieran hecho todos los test de usuario necesarios para asegurarse de que las funcionalidades se ejecutan sin problemas. Cuando pasa el tiempo y tus hijos empiezan a ser más autosuficientes una vez superada la etapa de la infancia, te encuentras un fin de semana con toda la casa para ti y puede que lo que te pida el cuerpo no sea un maratón de sexo, sino de capítulos de tu serie favorita mientras te tomas un vino. No siempre, tranquilos. También alguna vez se alinean los planetas. Y ya sabéis, con esto pasa como con el comer y el rascar. Todo es empezar.

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