Si llego a octogenaria

Cuando llegue a octogenaria, si es que llego, y ojalá que sea en plenas facultades, me gustaría seguir viviendo en mi casa, durmiendo en mi cama y disfrutando de mis cosas: mis libros, mi música, mis películas, mis trastos, mis amigos… 

Como no espero nada de mis hijos y tampoco querría ser una carga o un motivo más de disputa entre ellos, me conformo con que me quede una paguita o algún ahorro para contratar a un tipo ‘buenorro’ que venga puntualmente. No penséis mal. Hablo de alguien que cambie un halógeno cuando se funda y repare cualquier avería que surja, me dé masajes en las piernas de vez en cuando para activarme la circulación, vaya al mercado y cocine para mí, tenga una conversación interesante cuando me acompañe al médico, a dar un paseo o a tomar un vino y, además de todo esto, me alegre la vista. 

He verbalizado este deseo en más de una ocasión delante de mi marido, quien me mira con resignación y se abstiene de pronunciarse. Imagino que es porque piensa que va a sobrevivirme y, por tanto, considera que mi sueño es irrealizable. Puede que tenga razón. Veremos. En cualquier caso, preferiría no pasar mis últimos años encerrada en una residencia rodeada de desconocidos tan viejos como yo, viendo pasar la vida del otro lado de los barrotes del jardín. Mi animadversión hacia este tipo de centros no es un efecto de la pandemia. Más bien la pandemia ha venido a corroborar mis impresiones y a poner al descubierto una triste realidad. No voy a cuestionar que las residencias son un gran alivio para quienes no tienen sitio en casa, ni tiempo, ni fuerzas, ni preparación, ni medios para atender el abuelo. Porque así es. También son la solución para aquellos mayores sin familia que voluntariamente deciden recluirse en un centro cuando experimentan los primeros achaques y necesitan sentirse bien cuidados. Y ahí se acaban los supuestos. 

A mi entender, el modelo de atención de los centros de mayores que existen en este país cuadra para quien ha alcanzado un alto grado de dependencia o es un ser asocial, pero no es ni mucho menos una respuesta a la vejez. Hemos convertido las residencias en lugares donde aparcamos a los ancianos que estorban, nos los quitamos de en medio, les sacamos de la sociedad, les aislamos y solo nos acordamos de ellos cuando hay que pagar impuestos, votar o culpar a alguien de tener tiritando la hucha de las pensiones y saturada la Sanidad. 

Por eso me parece de una hipocresía absoluta que muchos de los que no se han preocupado nada hasta el momento por la situación de las residencias, con plantillas tan mal pagadas como sobrecargadas y no suficientemente formadas, ni por sus ancianos inquilinos, ni porque se haya estado vendiendo como sociosanitario un servicio que solo llegaba a socioasistencial, ni por la factura sin pagar de la dependencia, se rasguen las vestiduras ahora porque en estos centros hayan muerto más de 19.400 personas en España afectadas por el coronavirus. Deberían reflexionar.

Tal y como está el asunto, me declaro firmemente partidaria de llevar los servicios de geriatría a los mayores y no los mayores a los geriátricos. De hecho, las empresas que gestionan este tipo de centros deberían replantearse las cosas y explorar este nicho de mercado. El modelo ideal, a mi entender, pasaría por mantener a los viejos en su entorno y que allí reciban la ayuda que necesiten, ya sea sanitaria, terapéutica, de acompañamiento, asistencial o social. Si sus últimos días tienen que pasarlos de la cama al sofá y del sofá a la cama, que sean su sofá y su cama. Y si algún problema de salud aconseja ingresarlos en un hospital, que ningún borrador ni orden de la autoridad competente se lo impida, independientemente de su edad, su estado o sus expectativas. El problema, lo sé, es que ese modelo hay que pagarlo. Y no es barato.

Puestos a desear cómo envejecer, yo firmaría por imitar a cuatro matrimonios amigos que se han construido un edificio a medida en Barcelona con un apartamento para cada uno donde podrán retirarse juntos. No está mal tampoco, aunque yo soy más urbanita, la iniciativa de un grupo de jubilados que ha comprado una aldea deshabitada en Galicia para envejecer por sus calles y devolverle la vida. Existen otras alternativas en nuestro país, como el cohousing, un fenómeno en el que nos llevan la delantera, como casi siempre, los nórdicos. Se trata de viviendas colaborativas autogestionadas donde se suelen alojar personas mayores con lazos familiares, de amistad o afinidad que, cuando llegan a la jubilación, deciden ser vecinos, seguir disfrutando del ocio juntos y ayudarse mutuamente. Su objetivo es mantener la independencia y la privacidad que da residir en la vivienda propia dentro de un vecindario de confianza y sintiéndose arropados por amigos con los que comparten espacios, servicios y beneficios. 

Estos días cuando he salido por mi barrio, donde se sitúa una residencia muy golpeada por la covid-19, me he fijado en que muchas de las terrazas de bar reabiertas están ocupadas por supervivientes de la pandemia, personas mayores que celebran poder salir del confinamiento para tomar una caña y socializar. He pensado que no hay nadie que se merezca más ese capricho que ellos. Y lamento que los otros supervivientes que milagrosamente han esquivado a ‘la bicha’, a pesar de acecharles desde el otro lado de la puerta de su habitación en los cientos de geriátricos invadidos por el coronavirus, incluido el de mi barrio, tengan que seguir encerrados sin poder sumarse a esta fiesta.

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