Ser inclusivo sin ser excluyente

Las mujeres que siempre nos hemos considerado feministas estamos hartas de aclarar que el feminismo no es lo contrario del machismo ni tampoco su versión femenina. Es decir, no creemos que la mujer sea superior al hombre por naturaleza ni practicamos lo que podría llamarse, si existiera, el sexismo inverso. Digamos, entonces, que somos –permitidme la licencia- ese grano que le ha brotado en el culo al supremacismo masculino para torturarlo, combatirlo y reivindicar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Por este motivo entenderéis que, al menos yo, no pueda abanderar un sistema en el que borremos del mapa de un plumazo a los hombres y solo demos oportunidades a las mujeres.

El anuncio de Irene Montero, al poco de ser nombrada ministra de Igualdad, de que los puestos de responsabilidad de su Ministerio iban a ser ocupados solo por mujeres va en contra de mi muy personal manera de entender el feminismo. Durante años nos hemos quejado de que los hombres acaparaban empleos y cargos por el simple hecho biológico de ser hombres. Que solo se les tenía en cuenta a ellos aunque hubiera mujeres tan competentes o más. Y resulta que ahora pretendemos hacer lo mismo pero al revés, encumbrando a la otra mitad de la población y excluyéndoles a ellos de la gobernanza. Tan discriminatoria era la práctica antigua, sobre la que hemos echado pestes, como la que parece que le gustaría instaurar a la ministra.  Irene Montero no ve dónde está el problema. De hecho, viene a decir que ya era hora que la tostada diera la vuelta, que durante siglos han tenido ellos la exclusiva y llega el momento de tomarnos la revancha. Lo siento pero no. Eso no es igualdad de oportunidades. Eso no es feminismo.

Recientemente la actriz Candela Peña lo explicaba clara y brevemente en la gala de los Feroz, premios que entrega la Asociación de Informadores Cinematográficos de España. Durante su discurso para agradecer el galardón concedido por su papel en la serie ‘Hierro’, la artista elogió a varios hombres presentes en la sala y añadió que «solas no podemos. Aunque somos la hostia (sic), necesitamos a los chicos. Contad con nosotras». Creo que muchas mujeres nos identificamos con ese discurso porque coincide con el concepto de feminismo que muchas defendemos.

En una sociedad formada por hombres y mujeres, las instituciones, las organizaciones, el mercado laboral, la cultura… deben ser un reflejo de esa realidad. Contar solo con las mujeres o con los hombres, dar el poder en exclusiva a uno de esos colectivos y despreciar al otro, pese a demostrar similar talento, no solo es injusto y discriminatorio, sino también muy poco inteligente. Supone renunciar a beneficiarse de lo mejor de cada uno.

Lo que hay que hacer es reivindicar mayor presencia de las mujeres en todos los ámbitos, en particular en los tradicionalmente acaparados por ellos. Queremos que se nos tenga en cuenta, compartir espacios, poder decir: “Aquí estamos, no es por casualidad y de aquí no nos mueve nadie. Hemos venido para remar juntos”.

Por cierto, no puedo evitar mencionar aquí la otra polémica de actualidad relacionada con el feminismo, en concreto con el lenguaje inclusivo, un asunto sobre el que ya he escrito aquí en anteriores ocasiones. La RAE vuelve a estar en el ojo del huracán por, en primer lugar, haber llamado la atención sobre lo incorrecto de elegir la expresión femenina “Consejo de Ministras” para referirse a las reuniones semanales del actual gobierno mixto. Fue la fórmula empleada por dos de las nuevas titulares ministeriales en su toma de posesión y, como han señalado los académicos, resulta gramaticalmente inaceptable. Y en segundo lugar, por su Informe sobre el buen uso del lenguaje inclusivo en la Constitución, encargado por el Gobierno hace más de un año y aprobado por el pleno de la Academia recientemente. En él precisan que la Carta Magna está redactada de una manera impecable y, salvo la recomendación de desdoblar términos como rey y reina o príncipe y princesa, en caso de que alguna vez se reformara este texto, acuerdan que no hay necesidad de muchos más cambios para feminizarla. La RAE siempre ha defendido el uso del masculino como genérico y mantienen esa doctrina, mal que le pese a la vicepresidenta Carmen Calvo, que sigue perdiendo el tiempo y la energía en esta absurda cruzada que, en mi modesta opinión, no figura entre las principales preocupaciones o demandas de la ciudadanía. Particularmente a mí me da igual que el Congreso siga llamándose Congreso de los Diputados y no de los Diputados y Diputadas o Congreso a secas. Lo importantes es que allí dentro se legisle pensando en nosotras.

La lucha por el feminismo a través del lenguaje pasa no por negar el género masculino y sustituirlo por femenino, ni por inventarse palabras femeninas inexistentes. Tampoco por desdoblar forzosamente y hasta la extenuación todos los términos. Mucho menos por canjear las vocales que marcan el género por la «@» o la «x», una solución fallida y poco práctica para referirse a ellos y ellas porque dificulta la lectura, principalmente de quienes sufren problemas de visión y se comunican a través de herramientas electrónicas.  La reivindicación del uso del lenguaje inclusivo de género pasaría por fomentar el uso de expresiones alternativas que integran a todos. Por ejemplo, en vez de ministros y ministras, o solo uno de ellos, ¿qué tal titulares ministeriales? En vez de hombres y mujeres, o solo uno de ellos, ¿qué tal personas? En vez de niños y niñas, o solo uno de ellos, ¿qué tal infancia? En vez de alumnos y alumnas, profesores y profesoras, o solo uno de ellos, ¿qué tal alumnado, profesorado o cuerpo docente? En vez de los españoles, los catalanes y los asturianos, o su versión desdoblada o solo femenina, ¿qué tal la población o la ciudadanía española, catalana y asturiana? En vez del médico y la enfermera, ¿qué tal el personal sanitario? Solo es necesario hacer un pequeño esfuerzo al escribir. Pero para eso primero hay que estar verdaderamente convencido y concienciado.

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6 comentarios sobre “Ser inclusivo sin ser excluyente

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