Resistir hasta que se cansen

He visto un vídeo de Betevé, el canal de televisión de Barcelona, que refleja muy gráficamente el momento que vivimos y que incluso podría ser interpretado como una metáfora de por dónde podría pasar la solución a la violencia en las calles

En la imagen aparecen varios de los alborotadores de estas guerrillas urbanas que durante las últimas noches han provocados disturbios en distintos puntos del país tras la entrada en prisión del rapero Pablo Hasel. Están en una calle de la capital catalana e intentan sin éxito derribar una jardinera. Por mucho que la zarandean, en solitario o en equipo, la jardinera se mantiene anclada al suelo y no hay quien la tumbe. 

El vídeo dura 35 segundos e ignoro si el intento desesperado por destrozar ese elemento es previo al momento en que alguien le dio a grabar, aunque sospecho que no. Estoy convencida de que los chavales fueron incapaces de llegar siquiera al minuto de empeño, una actitud muy a tono con la vida actual, donde impera la filosofía de la inmediatez, el deseo satisfecho al instante, el “lo veo, lo quiero”. Cualquier cosa que implique un esfuerzo extra, una dedicación, un sacrificio o un proceso lento, se desecha, deja de ser interesante, no merece la pena perder el tiempo en ella. 

No he podido evitar fijarme en el gesto final de uno de los derrotados por la jardinera. Ese que se rendía ante la evidencia de que aquel elemento del mobiliario urbano estaba más enraizado en la ciudad que él mismo, pero evitaba asumir su suspenso en 1º de Vandalismo. Y me ha dado por pensar que quizá ahí está la clave. La democracia sería esa jardinera. Si está bien anclada, soportará cualquier embestida. El resto es resistir y esperar a que los que la atacan se cansen. 

Imagen de Pablo Hasel en uno de sus vídeos

Por cierto, yo tampoco creo que Pablo Hasel deba estar en prisión, por muchas barbaridades que diga en sus rapeos, tuits y entrevistas. En alguna ocasión he hablado en este blog sobre las canciones que sonaban en los bares de mi pueblo allá por los años 80, que coreábamos y bailábamos a pesar de lo delirante de sus letras. Que yo recuerde, ninguna de las bandas de rock radical vasco que firmaban esos temas, desde La Polla Records a Eskorbuto o Kortatu, terminaron en un proceso judicial ni esas letras nos incitaron a cometer ningún delito. 

Otra cosa es que después de enaltecer el terrorismo y sembrar odio, Hasel haya reincidido y desafiado al Código Penal rociando de lejía a un periodista y amenazando a un testigo. Debería entender que la violencia ni sale gratis ni es la solución, por muy amargado y frustrado que esté. Lo único que ha ganado, eso sí, es que ahora su nombre suene más de lo que han sonado y sonarán nunca sus canciones. Aún así, defiendo el derecho de los que no piensan como yo, porque no se han informado o porque les pierde la pasión antisistema, a salir a manifestarse y exigir que dejen libre a Hasel. Ahora, también espero que sean conscientes de que insultar, escupir y arrojar botellas a los policías que vigilan las protestas dista bastante de considerarse defensa propia. Las ideas tampoco se defienden quemando contenedores, reventando lunas, saqueando comercios o atizándole a un ‘madero’ con un adoquín. Más bien se desinflan.

Imagino que algunos pueden sentirse tentados de aprovechar el barullo para comprobar si la descarga de adrenalina que experimentan con los videojuegos en su habitación es similar a la lucha real en la calle. Si lo hacen, habrán cruzado la línea entre la realidad y la ficción. Pasarán al lado oscuro de verdad y se arriesgarán a ser detenidos y acabar mal. No podrán alegar que ejercían su libertad de expresión. Ese derecho no se ejerce lanzando piedras, sino argumentos.

Comparte si te gustó

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *