Pactar para unir, no para romper

Escribo esto sabiendo de antemano que me voy a meter en un jardín. Pero me arriesgaré como tributo a la Constitución Española cuyo día celebramos hoy, 6 de diciembre, un texto que recoge la libertad de expresión en su artículo 20. 

Estoy aburrida de la cantinela de que España se rompe, de que el Gobierno de coalición ha pactado con secesionistas y con los herederos de ETA y de que este país se va al garete. Quienes repiten como un mantra este discurso suelen acompañarlo del ondear de la bandera. La sacan a pasear como si fuera el guante con el que se desafiaban a duelo los antiguos. O más bien como si fueran los ajos, el crucifijo y el agua bendita con los que se desactiva a los vampiros. 

Pedro Sánchez lo estará haciendo mejor o peor, pero lo cierto es que ha sacado adelante los Presupuestos y no por los pelos, con 188 votos favorables, doce más de la mayoría absoluta. Iba siendo hora de tener unos nuevos, que los de Cristóbal Montoro prorrogados ya olían. Además, el roto que nos ha hecho el coronavirus estaba pidiendo a gritos unas cuentas ajustadas a la nueva realidad. 

Unos presupuestos, en esencia, buscan el bien común de todo el país. Habría sido estupendo que fueran fruto del acuerdo entre todos los partidos llamados “constitucionalistas”, pero ya nos hemos acostumbrado a su incapacidad para hallar puntos de encuentro. 

Congreso de los Diputados tras la aprobación de los Presupuestos
Congreso de los Diputados tras la aprobación de los Presupuestos

Así que sí, entre el presidente Sánchez y el vicepresidente Iglesias han conseguido el apoyo que les faltaba, concesiones mediante -como es lógico-, en EH-Bildu y ERC, grupos minoritarios de la Cámara, nacionalistas de izquierda que aspiran a separarse de España, sin ninguna esperanza de lograrlo, y en cuya formación militan condenados por sedición o palmeros con restos de una banda terrorista en su ADN.

 Vale. A mí también me repugna Arnaldo Otegui, coordinador general de EH-Bildu. Resulta difícil olvidar que hasta hace nada seguían recibiendo con honores a etarras asesinos de vuelta a casa tras cumplir su condena, que siguen refiriéndose a «conflicto vasco» cuando hablan de los años de la barbarie etarra y que equiparan como víctimas al que recibió el tiro en la nuca y al que se muere de asco en una cárcel a 600 kilómetros de su casa por apretar el gatillo. No hay que leer o ver ‘Patria’ para asumir esta realidad. 
Lamentablemente eso no hay quien lo borre, ni siquiera el tiempo, aunque a veces parezca que a los jóvenes les suena más la Guerra Civil. Pero lo cierto es que EH-Bildu, en este momento, es una formación política legal con discreta presencia en el Congreso gracias a los más de 250.000 votos que obtuvo en las últimas elecciones generales. 

Ya sé que en esta coalición hay gente que ha pisado la cárcel y visitado los tribunales. Sin ir más lejos, su portavoz, Mertxe Aizpurúa, fundadora del diario Gara, fue condenada a un año de prisión por apoyar el terrorismo y tuvo prohibido trabajar como periodista durante ese tiempo. No viene mal recordar que los condenados por sentencia firme, según la Ley electoral, no pueden presentarse a unas elecciones en el período que dure la pena. Pero una vez la han cumplido, recuperan sus derechos.

No podemos defender un sistema penitenciario en el que privamos de libertad al condenado para reinsertarlo, pero luego, cuando le dejamos libre, una vez fuera, le señalamos y nos negamos a reintegrarlo en la sociedad, no le dejamos jugar el partido, le convertimos en un bicho raro del que hay que desconfiar y con el que no podemos interactuar. 

Imagino que debe ser muy difícil para alguien que ha sufrido la pérdida de un ser querido por la sinrazón del terrorismo seguir adelante sabiendo que quienes aplaudieron ese crimen están haciendo política en las instituciones. Pero hay que sobreponerse para evitar un bloqueo vital. Insisto, si la legislación les permite hacer política, no podemos dejarlos al margen, debemos asumir que van a estar en el juego político. No es blanquear, es cumplir la ley. Se acabó la discusión. Lo que toca y nos queda es no quitarles el ojo de encima y pillarles en un renuncio normativo. 

En los últimos días hemos asistido a un par de momentos esperanzadores en el Congreso que nos llevan a aventurar que se empieza a vislumbrar algo de luz al final del túnel. Uno fue durante el homenaje a Ernest Lluch, cuando la portavoz de Bildu participó en el acto de homenaje al exministro socialista asesinado por ETA hace 20 años, la primera vez que este partido participaba en un homenaje a una víctima de la banda. En el otro, el diputado de la formación abertzale, Jon Iñarritu, se solidarizó públicamente con una víctima de ETA, el diputado de Vox Antonio Salvá cuyo hijo guardia civil fue asesinado por ETA en 2009. 

La banda terrorista dejó de matar en 2011 y anunció su disolución en 2018. Sin olvidar nada de lo que ha pasado, ni a una sola de sus 855 víctimas, y sin dejar de contárselo bien a las nuevas generaciones, yo ya solo aspiro a que se esclarezcan los asesinatos pendientes, se juzgue a los que quedan por juzgar, terminen de cumplir su condena los que están encarcelados y que los herederos políticos de la banda continúen dando pasos que nos convenzan de que de verdad lamentan todo el daño sufrido. 

Mientras todo esto llega, creo que deberíamos seguir avanzando tratando de no dejar a nadie atrás y, sobre todo, sin crispar para dividir. Porque el peligro no es tanto que el territorio se fragmente como que la sociedad española vuelva a estar partida en dos. 

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