No entiendo por qué sigo yendo a comer al Vips

Cada vez que salgo de un restaurante de la cadena Vips me prometo a mí misma no volver. En más de una ocasión, incluso, me he propuesto compartir de manera extensa a través de internet mis impresiones sobre este establecimiento de restauración. Pero siempre, por un motivo u otro, cuando llegaba a casa el cabreo se había diluido y lo poco que quedaba del proyecto de crítica demoledora terminaba deslizándose por el desagüe del lavabo mientras me cepillaba los dientes. Pero esta vez sí que sí. No porque haya sido más grave que otras veces, sino porque por fin he sido consciente de mi gran incongruencia: a pesar de la colección de episodios para no dormir que he vivido en Vips, sigo yendo a comer o cenar a esta cadena de restaurantes al menos una vez por semana. ¿Por qué? ¿Será el precio, ligeramente más barato que en otros restaurantes, y los descuentos y promociones que tenemos los socios del Club Vips? ¿Será su amplio horario de cocina, de la apertura al cierre? ¿Será la dependencia que genera la comida rápida? ¿O será la puñetera costumbre, aderezada con el punto masoquista que debo tener? Quién sabe.

Chica dudosa

Os cuento mi última experiencia. Sábado, 21:40 horas, aforo mínimo para lo que suele ser habitual. Un cumpleaños infantil de unos diez comensales y unas siete mesas más con una media de cuatro clientes por grupo. Nosotros somos dos. Para empezar, esperamos unos tres minutos en el atril de la entrada donde indica que te pares hasta que te asignen mesa. Cuando por fin alguien repara en nosotros, una camarera que vive la vida a mitad de revoluciones por minuto que la media nacional nos conduce a una mesa sin recoger. En el local hay un montón de espacio vacío, mesas preparadas con su servicio y todo, pero solo Dios y ella saben por qué decide instalarnos ahí. De pie, a su lado, esperamos que retire todo lo que queda sobre la mesa. Luego da varias pasadas con una bayeta húmeda antes de señalarnos que nos sentemos sobre unos sofás en los que han caído plásticos, migas y otros restos de la comida anterior. Soplo y golpeo el asiento para que desaparezcan, porque no me apetece salir de allí con manchas de grasa en el culo. Los residuos van a parar al suelo junto con el resto de basura que se ha ido acumulando desde la hora de apertura. Tampoco soporto sentarme a una mesa marcada por el recorrido de las pasadas de una bayeta húmeda que va de mesa en mesa y que el camarero guarda en el bolsillo del delantal. Pero hago de tripas corazón.

Minutos después nos coloca dos manteles individuales de papel con las cubiertos y las servilletas y nos da una carta. Tenemos bastante claro lo que queremos así que casi ni la abrimos y esperamos pacientemente a que nos tome nota. Mi acompañante es intolerante al gluten y se sabe de memoria la breve oferta para celíacos. Pedimos unos nachos sin gluten para compartir, más un flatbread de pollo para él y una quesadilla de jamón y queso para mí. Para beber, una cerveza sin gluten y una Alhambra Reserva 1925. A pesar de que la comanda no puede ser más sencilla, a nuestra camarera le cuesta un poco anotarla. No encuentra las opciones en la pantalla del dispositivo donde marca el pedido. Debemos corregirle que no es cerveza sin alcohol, sino sin gluten. Anota sin alcohol y sin gluten, así que hay que aclarárselo de nuevo. Nos pregunta si queremos que saque toda la comida a la vez y le decimos que sí.
Un repartidor de Glovo con su casco y su mochila está plantado al lado de la puerta de la cocina, suponemos que esperando algún encargo. No podemos evitar preguntarnos a quién se le puede antojar algo del menú de Vips para que se lo lleven a casa. Divagando sobre el asunto esperamos unos diez minutos hasta que aparece otra camarera con la cerveza Alhambra en una mano y una copa en la otra. No es que yo tenga mucho mundo, pero creo que las bebidas de una misma mesa deben llevarse sobre una bandeja y servirse a la vez. Pero, en fin… Diez minutos después, viendo que no viene la cerveza sin gluten, nos disponemos a reclamarla. Nuestra camarera debe adivinarlo porque desaparece por la puerta de la cocina y reaparece instantes después con ella.
El protocolo que siguen cuando se trata de menús sin gluten es muy particular. Para empezar están obligados a ‘marcar’ al comensal intolerante con un mantel azul que le distinga, algo que, por cierto, nuestra camarera se salta en este caso, porque se olvida, le da pereza o no le sale del higo. El protocolo también indica que, por ‘seguridad’, solo una persona se encargue de servir lo que va a comer el celíaco, así que hemos vivido casos en los que toda la mesa había terminado su plato y aún no había llegado la comida sin gluten. No es distinto esta vez. Se me pasa por la cabeza que quizá el servicio sería más rápido si se lo encargáramos al repartidor de Glovo, que se había ido con su pedido y ha vuelto a recoger uno nuevo.
Cerca de media hora después de encargar la comanda aparecen los nachos y la quesadilla, pero ni rastro del flatbread. Lo achacamos a que quizá el protocolo exige sacar el principal sin gluten después de acabar el entrante sin gluten. Pero, ¡oh, sorpresa! Cuando estamos dando cuenta de los nachos –por cierto, demasiados Doritos para tan poca salsa de queso- aparece la camarera diciendo: “Disculpen pero me dicen en la cocina que ya no queda flatbread, se nos ha acabado”. Nos lo suelta más de 30 minutos después de haberlo pedido. Esto es un flatbread, para que valoréis la dificultad de improvisarlo.

Flatbread de pollo

Tenemos la tentación de no sugerir una alternativa, pero como hay hambre optamos por el clásico Vips Club sin gluten. Viendo que la cosa se va a alargar más todavía, empiezo a comer mi plato para que no se enfríe. Por cierto que el sistema de calentamiento de los ‘manjares’ de esta cadena también resulta inquietante. Todavía me acuerdo de haber comido allí alguna croqueta que echaba humo por fuera y estaba helada por dentro. Pondría la mano en el fuego, y creo que no me quemaría, por que la mayoría de los platos que ofrecen en su carta y su menú son de quinta gama, es decir, no se cocinan al momento en sus instalaciones sino que ya vienen envasados en raciones individuales y listos para consumir, solo hay que regenerarlos antes de emplatar y servir.
Una de las comensales del sofá próximo al nuestro decide levantarse a perseguir a la camarera en vista de que nadie va a cobrarles. A pesar de que es sábado noche y la gente no suele tener prisa, verse obligado a esperar para pagar resulta bastante irritante.
Diez minutos más tarde, casi terminada mi quesadilla, llega el Vips Club sin gluten con ese aspecto deprimente que le caracteriza. Una vez, de hecho, hicimos una foto comparativa entre ambas versiones y son sensibles las diferencias, como podéis apreciar aquí.

El mismo plato en versión normal y sin gluten

Cuando le pedimos a la camarera unos sobrecitos de ketchup, mahonesa y mostaza, nos trae un porta salsas que no es el azul marcado con la señal de sin gluten. Le alertamos del error y dice que da igual porque los sobres son los mismos. Nos extraña dado que en anteriores ocasiones nos han puesto el otro dispensador y hemos comprobado que, por ejemplo, la mahonesa es de marca distinta e incluye información específica al respecto. El encargado aparece de pronto con el porta salsas correcto comentando que no está seguro de si contienen o no gluten, pero que le parece que se pueden consumir las dos y que en todo caso se va a enterar. Le indicamos, sin acritud, que la celiaquía no es una broma.
La aventura termina cuando pedimos la cuenta porque ya nos queremos ir de allí y la camarera se justifica, sin que nadie se lo pida, diciendo que esa noche tienen muchos pedidos ‘take away’ y que por eso ha sido todo un poco caótico.
Comida rápida, de quinta gama y calidad mejorable, mínima variedad, servicio deficiente, higiene nula, tiempo de espera excesivo para la poca elaboración de los platos… Lo dicho, no entiendo por qué sigo empeñándome en ir a esta cadena de restaurantes.

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