Los otros

No salen en las cifras oficiales. Nadie les aplaude ni les hace un pasillo de homenaje cuando se recuperan. Son aquellos a los que el confinamiento les ha pillado viviendo solos y han experimentado los primeros síntomas del coronavirus sin testigos.

Estos de los que hablo tardaron en marcar el teléfono habilitado por el Gobierno de su Comunidad Autónoma para hacer un seguimiento de los casos. Quizá era un simple catarro, una gripe primaveral, puede que una alergia adelantada. No querían molestar. Ahora se comunican a diario con la enfermera del Centro de Salud que les llama para saber si tienen fiebre y aconsejarles que se tomen un paracetamol. Es la única que conoce la realidad. Sus parientes y amigos viven en la ignorancia, aunque les extraña que se nieguen a participar en videoconferencias múltiples de esas que se han puesto de moda en esta cuarentena. Les dejan que piensen que son unos aguafiestas analógicos insociables. Mejor eso que mostrar la cara y que descubran que no todo va bien. 
No se lo cuentan a los miembros de su familia para no preocuparles y también para evitar que se presenten en su casa a cuidarles, arriesgándose a contagiarse. No comparten su estado tampoco con los vecinos del rellano, para no sentir que se alejan de ellos en el balcón contiguo cuando salen a aplaudir a las ocho. Desengañémonos, también mantienen el secreto para que no se corra la voz

por el bloque y aparezca un día una nota pegada en el ascensor alertando a todo el vecindario. Incluso puede que de saberlo, el presidente de su comunidad tendría la ‘deferencia’ de introducirles un mensaje por debajo de la puerta invitándoles a abonar el gasto de desinfectar las zonas comunes. O, en el peor de los casos, de enterarse su casero, les pondría de patitas en la calle, como le ha ocurrido a gente, según ha visto en redes sociales. Algunos ni siquiera estaban enfermos, pero ejercen una profesión de riesgo, la de héroes a los que se aplaude a las ocho, pero de lejos.

Los que tienen un negocio, prefieren mantener a su clientela al margen de la situación, para que las ventas no se resientan cuando el Gobierno permita la reapertura. Y quienes trabajan por cuenta ajena, cruzan los dedos para recuperarse antes de que se acabe el teletrabajo y el jefe descubra que tenía al ‘bicho’ en casa. 

No se avergüenzan de estar infectados, no hay razón para ello, no han hecho nada para merecer ese castigo, salvo tocar superficies mal desinfectadas o saludar amistosamente a alguien asintomático que les ha contagiado. Pero son realistas. Ven que la gente trata a los positivos como apestados, que se aleja como alma que lleva el diablo de quienes sueltan un estornudo. Y les da la impresión de que a día de hoy cuesta menos confesar una enfermedad venérea que un coronavirus. 

Este ‘cuadro clínico’ se agudiza cuando estos de los que hablo viven solos en pueblos o pequeñas comunidades, donde los chismes circulan como la pólvora, a una velocidad que es proporcional a la gravedad del hecho, y las malas noticias (aunque sean inventadas) son el alimento de envidiosos, cizañeros y miserables. 

Les gustaría salir de dudas, que alguien les hiciera el famoso test de detección del que todo el mundo habla, pero han oído que hasta ahora solo se lo hacían a los que ingresan en el hospital. Entonces piensan que prefieren seguir con la duda antes que pasar por el infierno en el que se han convertido las urgencias y las UCI. 

Están cansados, les cuesta respirar y les duele todo el cuerpo. También han perdido el apetito y casi lo agradecen, porque así les durará más lo que tienen en la nevera y retrasarán el momento de salir al supermercado. Harían la compra online y pedirían que se la llevaran a casa, pero están viendo que muchos establecimientos ya no sirven a domicilio y los que lo siguen haciendo están desbordados. 

Tienen miedo a lo que les pueda pasar. Están aterrados ante la posibilidad de que la enfermedad avance muy rápido, que su sistema inmunitario no colabore y que un día se mueran solos, sin darles tiempo a llamar a una ambulancia. Les quita el sueño que encuentren su cadáver los bomberos después de tirar la puerta abajo y que su cuerpo tenga que esperar dentro de una caja sobre una pista de hielo hasta que le toque el turno de crematorio. 

Afortunadamente todos esos lúgubres pensamientos se disipan cuando les baja la fiebre y empiezan a recuperar las fuerzas, el alivio, el resuello y la alegría de vivir. Y entonces, cuando todo ha pasado, cuando estos de los que hablo han superado el trance y nadie les aplaude, ni les hace el pasillo, ni les lleva una banda a la puerta de su habitación para tocarles ‘Resistiré’ (algo que deberían agradecer, todo sea dicho), entonces, solo entonces, se atreverán a decir, aunque sea bajito, que ellos también vencieron al coronavirus.

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