La muerte del puerta a puerta

Hace algunos días sonó el timbre de mi casa. Justo acabábamos de comer, así que serían las tres y media de la tarde. Al abrir la puerta encontramos a una pareja de jóvenes ataviados con un chaleco de la Cruz Roja. Venían buscando nuevos socios con una estrategia, a mi entender, bastante arriesgada: hacerse los graciosos.  “¿Qué? ¿Llegamos a comer?”, creo recordar que preguntaron muy dicharacheros. Cuando les cortamos el rollo con eso de “no queremos comprar nada”, rápidamente precisaron que no venían a vender sino a ofrecernos la posibilidad de asociarnos a esta organización humanitaria mediante el insignificante donativo de un euro al día. Les dimos las gracias por la oferta, que declinamos, y cerramos la puerta. Por supuesto que la causa solidaria que defendían me parece muy loable, pero ni era la hora para presentarse en ningún domicilio particular ni la mejor manera de captar socios, donantes o voluntarios en pleno siglo XXI.

No es la única visita inesperada, inoportuna e incómoda que hemos recibido en casa a lo largo de estos años. Han llamado a la puerta de mi piso vendedores de luz, gas, cosméticos, congelados…y hasta unos misioneros mormones, aunque cada vez son menos y todos reciben la misma respuesta.
Nunca me ha gustado la venta a puerta fría. Siento que invaden mi territorio, mi intimidad. Me provoca rechazo que un desconocido se presente en mi casa a ofrecerme sus productos sin invitarle. Por eso no entiendo cómo en estos tiempos todavía algunas organizaciones mantienen esa técnica anacrónica de la venta a domicilio. Mejor dicho, entiendo que quienes insisten en explotar esta fórmula lo hacen pensando que no todo el mundo es tan borde como yo. Y también confiando –supongo- en que las personas mayores son más educadas y tienen mayor predisposición a tragar el anzuelo. Todos conocemos casos de abuelos que han sido víctimas de estafas por parte, por ejemplo, de falsos revisores de luz o gas que se aprovecharon de su buena fe. No olvidemos, por cierto, que desde finales de 2018 en España está prohibido comercializar a domicilio sin cita previa este tipo de suministros.

Con esto no quiero decir que todo el que se busca el pan peregrinando vivienda a vivienda sea sospechoso. Imagino que no le queda otra y que también sufre los numerosos inconvenientes de ese trabajo: toparse con gente como yo, tener que poner buena cara a pesar del cansancio, aguantar los portazos, al jefe que le aprieta para hacer cuadrar los números… Lo que me reafirma en mi postura de que este tipo de práctica comercial terminará extinguiéndose más pronto que tarde dado que hoy en día existen otras muchas maneras de llegar al cliente sin necesidad de interrumpir su vida cotidiana ni violentarle.

Hasta esta misma semana en que se ha anunciado su cierre, el Círculo de Lectores seguía funcionando mediante este sistema, el puerta a puerta. Cuando todo el mundo se pone nostálgico recordando al agente vendedor que le hizo socio de ese club de lectura y le llevaba puntualmente la mercancía, a mí lo que me sorprende es que todavía existiera. El Círculo de Lectores tenía sentido en pequeños núcleos de población donde no había biblioteca y la única librería abierta disponía de un catálogo muy básico. En una época, además, en el que no temías que quien llamaba a tu puerta fuera con malas intenciones. Pienso en Toro, el pueblo en el que nací. Allí sí tenía buena clientela. Mi amiga Carmen, sin ir más lejos, era una fiel socia que siempre encontraba en su revista algún libro como obsequio en los cumpleaños. Yo misma conservo algunos de sus regalos en mi estantería. Pero hoy en día, en este mundo digital, con las nuevas tecnologías, hasta en los pequeños pueblos se tiene acceso ya a las novedades literarias de muchas otras maneras y sin necesidad de esperar la llegada de la revista del Círculo. Que en paz descanse. Igual que, en breve, el puerta a puerta.

Libros del Círculo de Lectores
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