Instalados en el desfase

Vivo en la España que no ha pasado de fase pero que pasa de todo. Aquí las ocho de la tarde ya no es la hora de asomarse a los balcones a aplaudir a sanitarios y trabajadores de servicios esenciales, sino el pistoletazo de salida para el esparcimiento callejero de los mayores de 14 años. Se abre la puerta de toriles y todos los miuras invaden aceras, paseos y hasta la mismísima calzada, aprovechando que el movimiento de vehículos es escaso. A las ocho la inmensa mayoría del vecindario ya no aplaude, sino que sale a la calle a caminar, correr o montar en bicicleta. Ahora los gritos de alborozo, los frenazos, las pisadas de las carreras y las conversaciones se imponen sobre el tímido y residual batir de palmas. 

Los adultos que optan por el paseo deberían ir acompañados solo por una persona de su entorno, moverse durante no más de una hora dentro de un radio de acción de un kilómetro alrededor de su domicilio y, por supuesto, no formar grupos para socializar. Quienes prefieran practicar deporte deberán hacerlo en solitario, sin contacto con otros ni límite de tiempo y dentro de la demarcación territorial de su municipio. Aunque a mí me resulta bastante clara la normativa, debe haber alguna parte que induce al malentendido, por lo que contemplo cada tarde desde mi terraza. Veo tríos, dobles parejas, grupos de amigos, encuentros alrededor de un banco con más asistentes que una reunión de vecinos, puñados de teenagers adentrándose en el campo segregando feromonas, desfiles de maratonianos esprintando, pandillas de amigos en bici emulando a los chavales de Verano Azul… No quiero imaginar lo que sería la calle a esas horas sin un estado de alarma. De hecho tengo la impresión de que ahora sale más gente que antes del confinamiento, como si haber estado estas semanas encerrados en casa hubiera provocado en una mayoría -entre la que no me encuentro- un ansia por pisar el asfalto.

Por cierto, llama la atención ver a algunos de esos ciclistas de las ocho con mascarilla, pero a ninguno con casco. Se ve que la pandemia ha cambiado nuestro concepto del riesgo. Eso y también la higiene. Al menos de momento. Que aquí siempre hemos sido mucho de limpiar solo donde se ve, de cara a la galería, y ahora con el “bicho” nos hemos hecho fans de la lejía y el gel hidroalcohólico. 

Pero ya. Debe ser lo único que ha cambiado esta crisis que iba a servirnos para mejorar y para dar una vuelta completa a las conciencias. “Ya nada será igual”, decían algunos. “El distanciamiento social nos condenará a la extinción”, barruntaban los más cenizos. “Esto servirá para que se acaben los recortes en Sanidad y se dote al sistema con los recursos necesarios”, se felicitaban los más ingenuos. Pero sospecho que en unas semanas volveremos al punto de partida. Porque, para que algo cambie, los primeros que tenemos que cambiar somos nosotros y, admitámoslo, somos incorregibles. 

Ya casi nadie se acuerda de los sanitarios, ni de los trabajadores de supermercados o emergencias. Leía hace unos días en las redes sociales a una médica que se lamentaba de que, pasado el gran pico de la crisis sanitaria del coronavirus, en los servicios de urgencia del hospital vuelven a encarárseles los pacientes y sus familiares por múltiples razones: por tener que esperar demasiado, por no recibir la atención que ellos esperan o por no ser sometidos a las pruebas que ellos creen que precisan. Igual que antes de que la COVID-19 se llevara más de 26.000 vidas en España, casi 8.500 de ellas en la Comunidad de Madrid. 

Justamente aquí a partir de este lunes vamos a poder ir a la farmacia a recoger una mascarilla FFP2 gratis, una por cabeza y tarjeta sanitaria, gentileza de nuestro Gobierno regional. Coincidiendo con este anuncio, la Asociación Madrileña de Enfermería ha lanzado la campaña “Apadrina a un profesional de la Sanidad” en la que invita a cada ciudadano a donar a un sanitario esa mascarilla que le toca para que los profesionales puedan seguir trabajando seguros en los hospitales, ante la precariedad -denuncian- en la que siguen instalados.

¿Pasar de fase? ¿Para qué? Si estamos todos cómodamente instalados en un constante desfase.

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