Heridos de espanto

A pesar de que el relato era de ciencia ficción, nos lo creímos. En principio no parece muy verosímil que ocho encapuchados acorralen a un joven homosexual a la puerta de una vivienda en plena tarde de domingo en el populoso barrio madrileño de Malasaña. Si además agreden a la víctima marcándole con una navaja la palabra maricón en un glúteo, la historia adquiere el grado de rocambolesca. 

Sí, vale. Era increíble. Y aún así, nos tragamos la historia. Yo la primera. Estamos tan curados de espanto -o más bien heridos de espanto-, hemos visto, escuchado y leído tantas barbaridades, que ya no nos sorprende nada, así que damos credibilidad a lo más inverosímil. 

huella digital con colores del arcoíris

Y es precisamente esa circunstancia la que demuestra que lo de menos es que un chico gay haya mentido para ocultarle a su pareja un escarceo sexual. La denuncia falsa, producto de un embrollo sentimental mal gestionado, no borra que tenemos un problema real, la LGTBIfobia. Ni tampoco resta verdad a un peligroso movimiento que se extiende como el Covid y que basa su filosofía en la creciente moda de atacar al diferente, al que no es como nosotros, sin más motivo que ese o, lo que es peor, por pura diversión. Porque sí, me temo que quienes practican esta violencia hallan en ella puro placer y hasta cierto desahogo. 

La cosa va de odiar al gay, al inmigrante, al rojo, al facha, a la mujer, al hombre, al viejo, al joven, al pobre, al rico, al de Vox, al de Podemos, al del Real Madrid, al del Barça… un amplio catálogo al gusto del consumidor poco tolerante. 

Pensábamos que esta corriente se limitaba a Twitter, ese paraíso de los hater en el que estos odiadores se revuelcan como los cerdos en el barro, donde da igual lo que digas que alguien se molestará y te atizará sin piedad. Pero lo cierto es que ya no se circunscribe solo al mundo virtual y está empezando a contaminar la vida real. 

La puñetera polarización en la que vivimos instalados también alienta esa tendencia. Los discursos incendiarios de unos y otros, el odio que destilan, incluso los representantes políticos, que deberían ser los que templaran gaitas, todo ello se traduce en un lamentable paisaje donde se está volviendo demasiado común eso de confrontar a la mínima y por cualquier cuestión. 

No creo que este hecho puntual vaya a perjudicar a todo el colectivo homosexual, que solo reivindica su derecho a caminar por la calle sin miedo. Ni tampoco pienso que vaya a desembocar en que se ponga en duda cada denuncia de delito de odio que se presente en España. Y son bastantes, 610 solo en el primer semestre de este año, en su mayoría por racismo, ideología y orientación sexual, según datos del Ministerio del Interior, que certifica un aumento del 9,3 por ciento respecto del mismo periodo de 2019. Como tampoco vamos a cuestionar las denuncias de maltrato o negar que exista la violencia machista porque haya un mínimo porcentaje de acusaciones falsas en un país donde desde 2003 han sido asesinadas por sus parejas o exparejas 1.111 mujeres. 

No quiero terminar sin entonar el mea culpa por mi condición de periodista. Los medios deberíamos ser los primeros en tratar con tanta cautela como sensibilidad cualquier denuncia, más cuando se trata de delitos de odio, y ser muy escrupulosos con la información que compartimos. No nos toca a nosotros sumarnos a la corriente del #YoSíTeCreo, sino limitarnos a trasladar con rigor los detalles de la investigación sin olvidar nunca el ‘presunto’.

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2 comentarios sobre “Heridos de espanto

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