Generación Covid

Cuando comenzaba a escribir esto, eran las once y media de la mañana de un jueves y mi hijo de 15 años seguía metido en la cama. Ese día no le tocaba clase en el instituto. Es lo que llaman semipresencialidad.

Para reducir el número de alumnos por aula han dividido las clases en dos grupos, de manera que lunes, miércoles y viernes de una semana mi hijo se sienta en un pupitre del centro con la mitad de sus compañeros y a la semana siguiente hace lo propio martes y jueves. El resto de los días, teóricamente debería dar clase a distancia. O eso nos habían vendido. Pero da la casualidad de que, por pitos o por flautas, no está siendo así.

Yo, que soy una ingenua, había creído posible que un profesor instruyera a la vez a los que se encuentran físicamente en el aula y a quienes están sentados frente a un ordenador en sus casas. Sí, eso es posible, pero en el cine o en los colegios privados. En el instituto de mis hijos, para empezar, los ordenadores no disponen ni siquiera de cámara. 

De todos modos, los responsables del IES nos han explicado que la red del centro no soportaría tantas conexiones a la vez. Así que mientras esperamos que la Comunidad de Madrid resuelva ese ‘pequeño inconveniente’, conocido hace meses, los chavales se enfrentan a la lotería de que los profesores que les han tocado en suerte tengan mayor o menor disposición a aliarse con la tecnología y volcarse con ellos. 

Por ejemplo, en el caso de mi hija, que afronta este año su último curso de instituto y la temida selectividad, ahora rebautizada como EBAU, parece que el claustro docente está más concienciado en la importancia de esta etapa. De ahí que ella sí mantenga una actividad casi normal en los días en los que a su grupo le toca quedarse en casa. Hay profesores que utilizan sus propios medios para realizar la conexión on line, incluso fuera del horario lectivo, y tiene una media de tres clases a distancia.

He leído que la Inspección educativa en Madrid pretende supervisar cómo se está desarrollando este sistema semipresencial y me ha entrado la risa. No hay profesores y va a haber inspectores. 

Porque debo decir que, con todo, somos afortunados. Mis hijos ya cuentan con todos sus profesores asignados. Hay otros alumnos que aún no conocen a quienes les van a enseñar Lengua, Francés o Dibujo técnico porque no existen. Un mes después del comienzo de curso, aún no han llegado.

No es un caso aislado. Hace unos días me reenviaban por Whatsapp el lamento de una profesora de otro instituto del municipio donde resido. 

¿Por qué nadie habla de la falta de docentes en los centros públicos de nuestra comunidad? Un mes después del inicio de curso y aún hay grupos sin tutor o sin profesora de Matemáticas.(…) Adelanto los datos de mi centro (que es de los que mejor situación presentan): dos bajas sin cubrir desde inicio de curso y media jornada de otro docente aún sin asignar.

Las familias se quejan a los que sí estamos presentes porque nadie ha sabido encauzar esa queja hacia las direcciones de área u otras administraciones. Pero los que vamos a trabajar a diario nos sometemos a cargas de trabajo ingentes por las guardias que hemos de cubrir y por las dificultades que supone un curso con semipresencialidad, mascarillas y alumnos o grupos completos confinados. Hemos perdido las fuerzas para batallar y quejarnos. Nos estamos, con perdón, aborregando. 

Según la Asociación de directores de institutos públicos de secundaria de Madrid, faltan 1.400 profesores (el 7,75% del total) en las plantillas de los institutos de secundaria de la Comunidad de Madrid. Y estamos hablando de profesores que tienen asignado un grupo de alumnos. Así que a esos chavales cada día se les presenta un profesor de guardia para intentar que esa hora no sea tiempo tirado a la basura, mientras a la vuelta de la esquina se aproximan los primeros exámenes.

La Consejería de Educación admite que tiene problemas para encontrar profesores, sobre todo de algunas materias como Matemáticas, Inglés y Lengua. Se han creado más de 7.500 nuevos grupos de alumnos para ajustarse a las ratios establecidas, lo que exige contrataciones masivas en bolsas que ya están vacías, entre otras cosas porque la oferta de trabajo ha llegado demasiado tarde, cuando ya se habían adelantado a contratar otras comunidades donde, además, las condiciones salariales son más ventajosas. 

La guinda de todo este pastel la ha puesto la aprobación en el Congreso del Real Decreto que abre la posibilidad de que los alumnos pasen de curso y obtengan el título de ESO y Bachiller sin límite de suspensos y que se contrate a profesores que no tengan aún el máster que habilita para dar clase en esos niveles. 

Sinceramente, no sé cómo nos va a quedar esta generación Covid.

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