El coronavirus y las probabilidades

Cuando escribo esto ya son 13 las mujeres que han muerto a manos de sus parejas o exparejas desde que comenzó el año. Hubo 55 en 2019 y ya suman 1.046 desde que se empezaron a contabilizar oficialmente en 2003.

Si hablamos de accidentes laborales, en 2018 fallecieron 652 personas durante su jornada de trabajo. Cuando analizamos los últimos datos de este 2020, el ritmo de caídos en “el tajo” resulta aterrador. Filtras en cualquier buscador de noticias con la palabra clave ‘siniestralidad laboral’ y lees 13 trabajadores muertos en País Vasco y Navarra, 4 en La Rioja, 5 en Galicia, 2 en Asturias, 3 en Madrid… y no sigo porque me salen demasiados obreros menos en solo un par de meses.

En la carretera también se dejan la vida muchos españoles. En concreto, el año pasado murieron en el asfalto 1.098 personas.

Tan peliagudas o más son las cifras de suicidios. Por encima de 3.500 según los últimos registros que se pueden consultar en la base de datos del INE. Se mantiene como la primera “causa externa de mortalidad”. En nuestro país cada dos horas y media alguien decide terminar con su vida, eso son diez seres humanos al día. Una barbaridad.

Provocan también escalofríos las cifras de personas muertas al año por enfermedades derivadas del nocivo hábito de fumar. Alrededor de 50.000 según Sanidad. Por cierto, la campaña más reciente de la gripe común dejó 6.300 bajas en la población.

En cuanto a la última cifra de fallecidos por ahogamiento, que engloba tanto los producidos en espacios acuáticos como los atragantados comiendo, superó los 3.000 casos. Otras tantas personas sufrieron una caída accidental y no vivieron para contarlo.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay  

No es que hoy me haya levantado con ganas de amargaros la existencia. Lo que quiero haceros ver es que hay muchas más probabilidades de que os ahoguéis con un trozo de jamón y que nadie a vuestro alrededor sepa desobstruiros las vías respiratorias mediante la maniobra de Heimlich, que de morir de una infección por coronavirus. Es comprensible que haya cierta histeria colectiva y que hasta el más dueño de sí mismo parezca poseído por la fiebre del COVID-19. No deja de ser un virus desconocido y todo lo nuevo nos predispone a estar híperexcitados. Y también, asumámoslo, hemos visto demasiadas series y películas distópicas y nuestra tendencia a creer en teorías de la conspiración nos pierde. Pero la realidad es que la baja mortalidad del coronavirus y su aparentemente sencilla curación, salvo que seas mayor o estés inmunodeprimido, nos induce a pensar que tampoco es para tanto. Que para virus chungo, el ébola.

Así que podíamos abandonar el peregrinaje por las farmacias en busca de mascarillas, no vaya a ser que dejemos desabastecidos a quienes realmente las necesitan. En cuanto a los medios de comunicación, deberíamos procurar no aumentar la psicosis narrando el aumento de casos positivos como si estuviéramos retransmitiendo los partidos de la Liga y cantando los goles del Carrusel Deportivo.  

Por cierto, se agradece mucho la buena disposición de las autoridades sanitarias informando puntualmente a la opinión pública, organizando comités de crisis y desplegando todos los medios habidos y por haber para contener la epidemia. Lástima que no se entreguen con la misma determinación a prevenir el suicidio, atajar la siniestralidad laboral o combatir la violencia de género. Solo esos tres problemas ganan por goleada a un coronavirus que, de momento, aquí mantiene su marcador a cero.   

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