Canas al aire

Hace algunos meses decidí dejar de someterme a la dictadura de pasar por la peluquería cada dos o tres meses para camuflar con mechas mis incipientes canas. La idea de dejar de maltratar mi pelo a base de tintes era tentadora, pero mucho más la posibilidad de ahorrarme un buen pico. Confieso también que terminó de animarme ver cómo se convertía en tendencia entre algunas valientes mostrar con naturalidad los efectos del paso del tiempo en sus azoteas. Y digo valientes porque los mismos pelos blancos que convierten en maduros atractivos a los hombres, en las mujeres suelen ser interpretados como un signo de vejez y desaliño. En cualquier caso, yo pensaba que los pocos cabellos blancos que empezaban a asomar en mi cabeza parecerían reflejos en contraste con el color ceniza del resto del pelo. Ilusa de mí, no había caído en la cuenta de que las canas tienen vida propia, son rebeldes, presentan una textura distinta y parecen lo que son, canas.

Imagen de Lisa Redfern en Pixabay 

Desde que me despojé de todo el pelo teñido, la palabra ‘señora’ resuena en mis oídos con frecuencia. Parece ser la única manera que encuentran los menores de 30 años para dirigirse a mí o aludir a mi persona. A menudo, cuando la sueltan, tengo que reprimir un exabrupto, aunque el gesto en mi cara me delata. Estoy hasta el c*** de que mi edad condicione la forma en que se me trata y cómo se me valora. Tanto como que mis canas, líneas de expresión, párpados caídos o flacidez de brazos induzcan a la gente a formarse una idea equivocada de cómo soy y cómo me siento. Aún no estoy decrépita, amigos. Prácticamente comparto generación con Jennifer López y, aunque no lo parezca, si me lo propongo, casi puedo moverme igual. ¡Eh! Menos risas… La principal diferencia entre ambas es que a ella todavía la siguen contratando, aunque sea para animar el descanso de un partido de fútbol americano y estimular la imaginación de algunos. 

 La última vez que actualicé mi currículum eliminé del archivo mi fotografía y mi fecha de nacimiento. Ya sé que es una tontería. No hay nada más sencillo que averiguar mi edad. Basta con fijarse en el año de graduación y echar cuentas. Pero con este gesto siento que priorizo mi experiencia y formación, y ya de paso obligo a los reclutadores a dedicarle más segundos a mi candidatura. Da igual que el final sea el mismo: descartarme.

Porque sí, lamentablemente, mis intentos por enrolarme de nuevo en alguna empresa están resultando infructuosos. Y como no sea porque lo que escribo y comparto libremente en las redes sociales está perjudicando a mi marca personal, todo me conduce a pensar que es mi edad la que se interpone entre el mercado laboral y servidora. El puñetero edadismo.

Estar sin empleo remunerado desde el mes de septiembre provoca que a veces me venga abajo. Sucede particularmente cuando escucho la misma respuesta en mi red de colegas –“Si me entero de algo te digo”- y cuando, en mis habituales batidas en LinkedinInfojobsIndeed o Quien TV, compruebo que no hay nada de lo que busco. A veces se ofertan puestos en Prensa y Comunicación en los que seguramente haría un estupendo papel, pero estoy convencida de que mi edad condena mi CV al montón de los rechazados y así no hay manera de llegar a la fase de la entrevista de trabajo, un cara a cara donde podría demostrar mis habilidades y quizá tendría alguna posibilidad.

En ocasiones, poseída por un ramalazo realista y práctico, abro el abanico y amplío mis preferencias. Eso no significa que tire la toalla y olvide mi objetivo, sino que aparco por un instante mis deseos y cambio al criterio de proximidad, a ver si me topo con un puesto en la zona donde resido en el que pueda encajar, a pesar de mi madurez, y que me reporte un sueldo a fin de mes, lo justo para vivir y seguir dedicando tiempo libre a lo que me gusta. En el catálogo que me proporciona el algoritmo abundan los empleos de Comercial, Teleoperador, Cajero, Personal de limpieza, Recepcionista, Administrativo, Animador de cumpleaños, Ayudante de cocina, Monitor de Zumba… Y todos con un mismo denominador común: requieren una experiencia de la que yo carezco. Porque, paradojas de la vida, aunque he pasado los 50 y soy toda una licenciada, lo único que sé hacer bien y en lo que tengo experiencia es en mi oficio.

Entonces, cuando estoy a punto de ser engullida por el círculo vicioso de la autodestrucción, de repente me da por pensar que:

-He criado dos hijos, así que podría incorporar a mi currículum 16 años de experiencia ejerciendo como una estupenda babysitter.

-Aunque las dos criaturas han sido bastante independientes y autosuficientes en su formación académica, han contado con mi inestimable colaboración para aprender las tablas de multiplicar, los tiempos verbales, las capitales, ríos, montañas y hasta el Present Perfect inglés, lo que me habilita -creo- como profesora particular.

-No soy la mejor cocinera, pero sé preparar menús de supervivencia y los sirvo en la mesa con tanta gracia como cualquier camarero. Por qué no traducir este talento como “experiencia en restauración”.

-Cuando mi madre y mi suegra se bloquean en el uso de internet, el móvil, la tablet o el ordenador, no tienen más que recurrir a mí para terminar pareciendo nativas digitales. No mentiría, por tanto, si incorporara a mi historial «pericia en la educación para adultos».  

-Con un aspirador, un trapo atrapapolvo y un estropajo dejo mi casa niquelada cada fin de semana, así que también podría sumar “destreza como asistenta doméstica”.

-Además llevo el control sobre los gastos familiares mensuales, lo que me incita a pensar que podría manejarme medianamente con los números en una oficina, otro detalle a incluir en mi historial.

-Sin olvidar que estoy muy acostumbrada a conseguir cosas extrañas contra reloj, como inventar un disfraz a última hora de la tarde para llevar al día siguiente a clase, solucionar una manualidad escolar con cualquier cosa olvidada en el trastero o recuperar buscando por los cajones y armarios de casa objetos perdidos que nadie encuentra. Así que también me planteo anotar la producción como una de mis ‘skills’.

Mi duda es si los reclutadores valorarían todo esto por encima de mi edad. Dejadme adivinar. Estáis pensando que he elegido un mal momento para dejar las canas al aire. ¿A que sí?

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