Amor de madre

Aviso que lo que vais a leer a continuación son problemas del primer mundo. Quiero decir que, aunque lo cuente con un punto de melodrama, no deja de ser una batallita de madre intensa que trata de lidiar con su prole adolescente.

Hace poco mi hijo de 15 años nos anunció su deseo de hacerse un tatuaje. No es algo que esté planeando a largo plazo. Le gustaría hacerlo, como muy tarde, cuando cumpla los 16, que es la edad legal a la que ya podría presentarse en el taller de un tatuador y marcarse la piel de por vida, eso sí, con el consentimiento de sus progenitores.

Para empezar, no tengo nada en contra de los tatuajes. No penséis que soy una carca que los asocia a un “Amor de madre” en el pecho o el bíceps de marineros o presidiarios, por favor. Yo no me he hecho ninguno porque prefiero ver de lejos las agujas y soy poco masoquista. Lo de sufrir voluntariamente no va conmigo. Que una aguja vaya perforándome la piel mientras me inyecta tinta en cada agujero, como que no me pone. Pero allá cada uno. Admito que, desde el punto de vista estético, algunos me parecen auténticas obras de arte en el cuerpo de los demás, aunque me saturan los que ocupan amplias extensiones de piel.

Fotograma de un reportaje emitido en La Sexta

Le he dicho a mi hijo que espere a los 18 años para hacerse lo que quiera y que, por supuesto, se lo pague él. No estoy dispuesta a financiárselo. Pero no me entiende. Y me enseña fotos y vídeos de amigos que -dice- ya están tatuados. ¿De verdad hay padres que dejan tatuarse a sus hijos menores de edad? No solo eso. En el último intento que ha hecho para convencerme, me ha contado que la familia de su mejor amigo, en una especie de gesto de hermanamiento o más bien diría en un arrebato de exaltación de los vínculos familiares, ha decidido tatuarse el mismo motivo. Padres e hijos, el pequeño de 15 años, han consensuado el dibujo y ya solo queda cerrar día y hora para compartir algo más que los rasgos genéticos o el libro de familia. Cuando he escuchado la historia me ha venido a la mente un rebaño de reses luciendo la marca que les practican con hierro candente para identificar la ganadería.

No lo entiendo. Me confiesa una madre que su hija con 16 se hizo uno y se lo ocultó. Era invierno y las mangas largas propiciaron que tardara semanas en detectarlo. Cuando lo vio, pensó que era una calcomanía, pero al comprobar que seguía en el brazo de su hija días después, ya se decidió a preguntar. Así fue cómo se enteró de que la niña había falsificado una denuncia de robo del DNI donde figuraba que era mayor de edad, así no precisaba de la autorización materna para que el tatuador estampara el dibujo de una flor sobre su piel. La niña ni siquiera llegó a preguntar a sus padres si le dejaban, dio por hecho que no les iba a gustar la idea y prefirió tomar la iniciativa. Ahora tiene dos tatuajes más en otras partes de su cuerpo, estos ya realizados de ‘manera legal’, con la autorización firmada por la madre, que asumió que la hija iba a hacerlo con o sin su colaboración.

A veces, cuando escucho este tipo de historias, me planteo si no estaré extralimitándome como madre. Me lo suelo preguntar también cuando mi polluelo me reprocha que no le deje hacer cosas que los padres de sus amigos sí les permiten. Por ejemplo, llegar a casa a las dos de la madrugada. Lo siento, pero a mí no me parecen horas para un quinceañero, sobre todo cuando no hay ningún evento o justificación para trasnochar, mucho menos ahora, con el coronavirus al acecho. El mayor exceso que hago es marcar la medianoche como límite, una hora que siempre suele llevar añadido un margen de 30 minutos extra como resultado de las intensas negociaciones. A mi hijo se le daría de miedo lo del regateo en un mercado persa. Puede llegar a ser tan insistente que muchas veces terminas tirando la toalla y dejándole ganar el pulso simplemente por dejar de escucharle. Por pesado, vaya.

A veces el muy mamón me hace reflexionar. En particular cuando, como si estuviéramos en la típica película americana de juicios, cuestiona la distinta manera en que afronto estos asuntos en función de quién los plantea. Y me recuerda que a su hermana le he permitido perforarse las orejas ya en dos ocasiones desde los 14 años. Sí, mea culpa. Así que mientras me deja meditar sobre el tatuaje, ha empezado a darme la turra con que también quiere ponerse un pendiente, igual que su hermana. En esta lucha tengo claro que no voy a desgastarme porque llevo las de perder. Como con los cortes de pelo. Este es el último.

Pero volviendo al tema que nos ocupa y por rematar, me gustaría que entendierais que la principal razón por la que me resisto a permitirle tatuarse es su volubilidad. Mi hijo está en una edad en la que lo que adora un día lo detesta al día siguiente. No sé si es la edad o su carácter. La verdad es que desde que llegó a este mundo se ha caracterizado por cambiar de opinión con frecuencia cuando se trata de sus caprichos. Ha sido del Atleti, del Barça y del Madrid en tres temporadas seguidas. En busca de su deporte favorito, ha practicado natación, tenis, karate, fútbol y baloncesto. Y todo se le daba bien al pedazo de capullo.  La camiseta que no se quitaba ni para dormir ha terminado en el contenedor de la ropa usada después de tacharla de su ‘fondo de armario’, y su bañador favorito ya no quiere verlo ni en pintura porque no conjunta con ninguna de sus camisetas.

¿Entendéis ahora mis reservas sobre su deseo de hacerse un tatuaje? Prefiero que tenga edad para tomar esa decisión con todas las consecuencias y que, si se arrepiente de ella en algún momento de su vida, no me eche la culpa y me acuse de ser mala madre por haberle dado todos los caprichos. Hasta ahí podíamos llegar.

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