Acertar con el eslogan

No, el grito “Sola y borracha quiero llegar a casa” no me parece el más acertado en la historia de los eslóganes feministas. Buscar la rima conduce a estas cosas. Un lema redondo requiere un brainstorming previo. Hay que meditar mucho antes de dar a luz a una buena frase que sea coreable y diga mucho con poco. Recordad, por ejemplo, aquello de “Nosotras parimos, nosotras decidimos.”

Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay  

Con todo, yo sí alcanzo a comprender lo que quiere decir “Sola y borracha quiero llegar a casa”. No necesito que me lo expliquen. El evidente mensaje que encierra esa frase es que las mujeres queremos sentirnos libres y seguras. Que nada justifica que un hombre abuse de una mujer. Ni la ropa que lleve, ni que vaya sola por la calle a altas horas de la madrugada, ni que se haya pasado con el alcohol y sus reflejos estén más dormidos de lo recomendable. Nada lo justifica. Tampoco una mujer es culpable de ser agredida sexualmente. Nunca. En ningún caso. Aunque lleve minifalda, un escote hasta la cintura, vaya bebida o drogada y transite por un callejón oscuro. No se lo está buscando. No está pidiendo a gritos que la violen. El error está en apuntar a la víctima y no al delincuente, ese que espera agazapado a su presa, ese ser abominable que no sabe gestionar de manera adecuada su sexualidad y que ve en la minifalda, el colocón y la oscuridad una oportunidad perfecta para satisfacer sus instintos más primarios sin esperar a obtener un consentimiento explícito.  

El Consejo de Ministros aprobaba esta semana el anteproyecto de ley de libertad sexual, que básicamente trata de proteger a la mujer de tipos como esos y prevenir la violencia de género. Al margen de la polémica que ha acompañado ya de por sí a esta iniciativa legislativa, un tuit en la cuenta oficial del Ministerio de Igualdad incendió las redes y provocó un nuevo debate. Mencionaba la expresión de la discordia, “Sola y borracha quiero llegar a casa”, lo que no fue recibido muy positivamente por todo el mundo.

Creo que una cuenta institucional debe dirigirse a toda la población y no adoptar la jerga de solo una parte. Lo de emplear el argot de un colectivo concreto para sintonizar con tu público es un arma de doble filo. Como no manejes bien el soporte, puedes salir trasquilado. Es muy fácil caer en la tentación y pasarse. Con el tuit en cuestión el Ministerio de Igualdad le hace un guiño a quien abandera esa causa, un público ya convencido al que no tiene que persuadir de nada. En cambio, provoca rechazo entre aquellos a los que sí tiene que concienciar. Incluso distancia y enfría a los propios. De hecho, hay muchas mujeres feministas que entienden la expresión, pero no la corean porque les chirría. De un Gobierno que reivindica la inclusión se espera que sea inclusivo y lo demuestre también en sus redes sociales. Y para ello es fundamental que sus tuits no parezcan redactados por la persona que lleva el megáfono en una manifestación.

Por lo demás, al margen de que personalmente ese tuit me haya parecido infantil, lo que pone de relieve es la incoherencia de un Gobierno que lanza mensajes contradictorios en función del Ministerio que tuitee. Así, mientras leemos en la cuenta del Ministerio de Igualdad “Sola y borracha quiero llegar a casa”, nos encontramos al de Sanidad completamente volcado en favorecer un cambio cultural con respecto al alcohol para proteger a los menores de sus efectos nocivos.

Y es que, precisamente, ¿sabéis quienes corean ahora mucho la frase de discordia? Las crías en los institutos. Esta nueva generación feminista, que vive en la adolescencia y engulle sin digerir los planteamientos del feminismo más radical, la ha incorporado a su repertorio de reivindicaciones. Corear “Sola y borracha quiero llegar a casa” les hace sentirse muy mujeres adultas. Ellas también entienden el significado, saben leer entre líneas, solo tienen 15, 16 o 17 años, pero no son tontas. El problema es que van más allá y asumen como un derecho el consumo de alcohol. Y no lo es. La venta de alcohol a menores está prohibida por ley precisamente para evitar que criaturas en proceso de desarrollo lo consuman. Es igual. Ellos siguen bebiendo y los adultos, seguimos haciendo la vista gorda. La frasecita era lo que les faltaba para convencerles de que es normal pillarse un pedo cada fin de semana.

Tengo una hija que en poco más de un mes cumplirá los 17. Espero que nunca nadie le obligue a hacer algo que ella no desee y también que no beba alcohol cuando sale con los amigos. De hecho le pido que no lo haga. Como he pasado por ahí y sé cómo son las cosas a esa edad, le sugiero que al menos, si me va a desobedecer, lo haga con responsabilidad y le insisto en que el alcohol a su edad, cuando aún está formándose, es más perjudicial que a la mía, que ya estoy ‘deformada’. Y sobre todo, le pido que no me tengan que llamar de la comisaría porque la han encontrado tirada inconsciente en un parque, ni de ningún hospital porque la han ingresado con un coma etílico. Creo que todos hemos normalizado demasiado el consumo de alcohol en la adolescencia y el resultado suele ser bastante visible en algún parque cuando todavía no ha anochecido.

Yo quiero que mi hija llegue a casa siempre sobria. Y que si está algo achispada no venga sola, que alguien la acompañe y la proteja. No hay nada más patético que una persona borracha tambaleándose por la calle sola, sin nadie que la ayude a guardar la verticalidad, a elegir una esquina en la que potar a gusto, encontrar el camino a casa y meter la llave en la cerradura.

En cualquier caso, si os digo la verdad, no creo que las agresiones sexuales representen la mayor amenaza para las mujeres de este país. Entendedme. Los datos están ahí, sí. En 2019 se denunciaron un total de 15.338 delitos contra la libertad sexual. De ellos 1.878 fueron agresiones sexuales con penetración. Somos casi 24 millones de mujeres en este país. Las víctimas suponen un 0,06% de la población femenina. Es cierto que en estas cifras no aparecen las damnificadas por compañeros babosos cuyos comentarios provocan incomodidad, los pasajeros del transporte público que aprovechan la hora punta para rozarse accidentalmente, los transeúntes que te hacen saber lo que opinan sobre tu anatomía sin que les hayas preguntado, ni los pesados que te agobian en algún local de copas cuando sales de fiesta.

Estos desagradables incidentes forman parte del peaje que algunas han tenido que pagar por nacer hembra. Afortunadamente ahora no están tan extendidos ni generalizados. La cultura machista casposa va en declive y esos comportamientos son cada vez más residuales. Hay muchas más probabilidades de que una mujer se tope con el techo de cristal o los prejuicios sexistas, sufra la brecha salarial, le penalicen laboralmente por ser madre o deba renunciar a su sueño en este mundo para transformarse en cuidadora de un familiar dependiente. Así que, sí, la reivindicación sexual es muy razonable y oportuna. Pero no olvidemos el resto.

Comparte si te gustó

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *