Hoy me voy a desahogar

Voy a contaros un hecho surrealista que en el momento de escribir esto aún no está resuelto. Guarda relación con los sinsentidos de la pandemia y, por lo que parece, es el resultado de un cúmulo de malentendidos o una serie de catastróficas desdichas.  

Desde Navidad el cierre perimetral permanente de Castilla y León nos ha impedido viajar con regularidad hasta Toro, nuestro pueblo, donde conservamos una casa familiar antigua -en la que yo nací- y un piso en el que vive mi madre de 86 años. Hasta antes de la pandemia, ella pasaba la mayor parte del año en el piso, mejor acondicionado para el frío, y los meses de verano se mudaba a la casa, más céntrica. Cuando sus familiares la visitábamos, nos alojábamos en uno u otro lugar, en función de la disponibilidad. 

El confinamiento pilló a mi madre en el piso y ya no se trasladó en verano a la casa. La situación sanitaria tampoco aconsejaba muchos movimientos, por lo que las visitas que realizamos nosotros fueron breves y la vivienda antigua se utilizó lo imprescindible. A pesar de ello, estaba perfectamente habitable, con todos los servicios, las facturas pagadas y los impuestos al día. De ello se encarga puntualmente mi santa madre.  

El caso es que hace unas semanas el Ayuntamiento de Toro decidió iniciar unas obras para sustituir las tuberías de abastecimiento de agua y saneamiento y renovar la calzada en una calle delante de la casa. Fue noticia incluso en la prensa el hallazgo de un pavimento antiguo durante el desarrollo de los trabajos. 

A mi madre, que estaba al tanto de la obra, lo que más le preocupaba es que las vibraciones provocadas por los taladros que se suelen emplear para agujerear el suelo pudieran afectar a la casa, que debe andar por los cien años. Pero, dado lo impracticable de la zona, acotada por la obra, unido a que la pobre mujer anda fastidiada de una pierna y que no está para muchas gestiones, prefirió no acercarse a la casa, no fuera a tentar a la mala suerte. En vez de eso, decidió encomendarse al altísimo y confiar en que los operarios, jefes de obra, ingenieros, arquitectos y demás responsables municipales sabrían lo que hacían. 

Resulta que, casualidades de la vida, citaron a mi madre para vacunarse contra el Covid. Así que una de mis hermanas se trasladó hasta Toro para acompañarla ante posibles reacciones adversas o efectos secundarios. Por cierto, viajó con una declaración jurada en la que explicaba que se saltaba el cierre perimetral por motivos humanitarios, porque no fuimos capaces de conseguir ningún otro documento oficial que sirviera como salvoconducto para casos como este. Todavía estoy esperando que el Ayuntamiento me haga llegar un volante de empadronamiento de mi madre que solicité en la sede electrónica hace mes y medio. Pero eso da para otro post. Volvamos a donde nos habíamos quedado. 

Ya que estaba allí, mi hermana decidió dar una vuelta por la casa para ver en qué estado se encontraba. Así fue como, al abrir un grifo, descubrió que no había agua. En un primer momento, pensó que el último de la familia en pasar por allí habría cerrado la llave de paso. Pero no. Ahí comenzó toda una peripecia animada con llamadas y búsquedas infructuosas de jefes de obra, operarios del agua y demás responsables municipales que la ha obligado a alargar su estancia en Toro a cuenta de sus días de asuntos propios hasta resolver el misterio.  

Y el misterio no es otro que los operarios de la empresa que están realizando los trabajos no han conectado el agua a la casa porque no sabían por dónde. Vamos, que no encontraban la tubería en la que debía ir la acometida de la general. Por lo visto alguien debió comentarles que en esa casa no vivía nadie y decidieron no tomarse más molestias y, alegremente, dejarla sin servicio. De modo que, no me preguntéis cómo porque sigo sin entenderlo, han cambiado las canalizaciones generales sin enganchar el suministro a la casa. 

Vale que algún lumbreras tuviera esa feliz idea, pero, ¿cómo es posible que algo tan relevante dependa de una ocurrencia? Voy más allá. ¿Cómo es posible que, habiendo tantas cabezas implicadas, desde el responsable de la obra hasta la propia concejala, ninguno estuviera al tanto e impidiera esa mala decisión? 

Si la solución pasaba por entrar en la casa, habría sido tan fácil como localizar a su dueño, algo sencillo, mucho más en un pueblo como este que no alcanza ni los 9.000 habitantes y todo el mundo se conoce. Resulta todavía más inexplicable si tenemos en cuenta que la vivienda no está abandonada, como bien debería saber Acciona, que cobra religiosamente la factura del agua, y el Ayuntamiento, con quien el inmueble está al corriente de pago en todos los impuestos y tasas municipales. En ambos casos disponen de un teléfono de contacto del cliente/contribuyente que podían haber marcado ante la duda. 

Lo más divertido es que como tuvimos la mala suerte de descubrir la ‘atrocidad’ un viernes por la mañana y esto de dejar una vivienda sin suministro de agua no lo consideran una emergencia, máxime si está vacía, emplazaron al lunes a mi hermana para solucionar el problema. Me pregunto qué pasaría si, por ejemplo, hubiéramos alquilado la casa y los inquilinos hubieran previsto entrar justo ese día. ¿Seguiría sin ser una urgencia? 

En fin, que habrá que esperar al lunes y confiar en que los trabajadores de Acciona, la empresa responsable de la gestión del agua en Toro, vuelvan al tajo y puedan encargarse de habilitar la acometida de la tubería que, por complicar un poco más la cosa, resulta que es de plomo, por lo que habrá que cambiarla a PVC. 

Concluyo. Resulta que obedecemos las órdenes gubernamentales, respetamos los cierres perimetrales, no nos trasladamos ni siquiera a ver a nuestra madre por ser ciudadanos responsables, y con nuestro comportamiento ejemplar lo que conseguimos es que alguien piense que hemos abandonado una casa y que no tenemos derecho a beneficiarnos de las mejoras en el saneamiento de un pueblo donde, por cierto, la titular del inmueble paga sus impuestos. Pa’ mear y no echar gota.

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